Aprendiendo de nuestras emociones

Ilustración de José Alejandro Ovalles [email protected]

Hay cosas que no se aprenden en la escuela. Manejar nuestras emociones es una de ellas. O al menos así había sido hasta ahora. En los últimos años se han diseñado varios métodos, sobre todo en Estados Unidos, para desarrollar la inteligencia emocional de los alumnos. La idea de fondo es que si un niño o adolescente es capaz de encauzar sus emociones de forma apropiada tendrá más posibilidades de una vida plena y exitosa.

Si esto se logra, sería fabuloso. Diversos estudios han demostrado que las emociones afectan directamente las habilidades académicas y que las personas con mayor inteligencia emocional se recuperan en menor tiempo de las adversidades. También asumen mejor los retos y suelen sentirse mas felices. A diferencia del coeficiente intelectual, que refleja las capacidades de pensamiento analítico, la inteligencia emocional se refiere a las habilidades para manejar los sentimientos, los pensamientos y la interpretación de los eventos.

También se ha comprobado que una buena inteligencia emocional está asociada a una alta empatía, o la capacidad de conectar con el mundo interior de otras personas. Incluso se cree que la I.E. favorece el crecimiento de la corteza frontal del cerebro, mejorando el pensamiento abstracto y la memoria inmediata.

En una interesante pieza para la revista dominical del New York Times, la profesora de periodismo Jennifer Kahn se pregunta si estas habilidades realmente se pueden aprender. Hasta hace unos años se pensaba que la personalidad era algo difícilmente maleable y que “la forma de llevar la vida” era algo que se aprendía viviendo. Ahora sabemos que en el modelaje de la personalidad intervienen diversos factores en una compleja interacción de genes y ambiente. Igualmente está claro que el cerebro tiene la plasticidad para cambiar y adaptarse a conductas más eficientes.

Esto de la eficiencia es importante. En el campo de la Inteligencia Emocional se dice que todas las emociones cumplen una función, y si son manejadas de forma apropiada, sirven para que nos adaptemos a diversas situaciones. La ira o la tristeza, que en oportunidades se llaman emociones negativas, pueden ser la mejor respuesta ante ciertos eventos, e incluso, pueden ser estados de ánimo más eficientes para tareas específicas. Por ejemplo, las personas con una ligera tristeza se enfocan mejor en los detalles y son muy buenas analizando documentos, mientras que aquellas algo molestas disciernen mejor entre argumentos débiles y fuertes.

El asunto por lo tanto no es suprimir las emociones sino aprender a encauzarlas. Saber reconocerlas en nosotros y en los demás para actuar de forma justa y responsable. Como sabrás por experiencia, llegar allí no es fácil, sobre todo para un niño o un adolescente.

Luego de conocer varias experiencias y programas en las escuelas de EEUU, Jennifer Kahn deja entender en su pieza que si bien hay consenso en la importancia de la inteligencia emocional, no existe una fórmula eficaz y comprobada de enseñarla. Y no me sorprende, entre otras cosas porque son mediciones difíciles, pero sobre todo, porque hay enseñanzas que no se limitan a las escuelas. Este es otro de esos casos donde el primer aprendizaje ocurre en casa. Y más allá, donde tenemos que comenzar por nosotros mismos.

¿Cómo vas con esa inteligencia?



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