Cómo dejar de trabajar en piloto automático

Cómo dejar de trabajar en piloto automático

Presentación de mi libro “Mindfulness, la meditación científica”. Frente a un gran marco de público en el que abundan docentes, profesionales de la salud y empleados municipales, un muchacho levanta la mano y pregunta con verdadera curiosidad:

Eso que usted dijo del cerebro automático…que vivimos en un modo automático…mi pregunta sería: ¿Cómo puedo yo en mi trabajo en el frigorífico, por ejemplo, salir del modo automático y ejercitar la Atención Plena?

Sin duda alguna su pregunta es magnífica y quizás no lo sabe. Porque lo que él hace precisa (y en buena medida) del despliegue de procesos mentales automatizados para que salga mejor, como cuando manejamos. Pero esa misma dinámica es la que a las pocas horas lo aburre, lo hastía, lo desanima.Puedo imaginármelo con su traje blanco, un casco (no estoy seguro si lo usan), guantes gruesos para cubrirse del frío que lo penetra impunemente y hasta quizás el olor nauseabundo de ese espacio que, para el olfato novato al menos, debe ser intolerable.

Me recuerda a otras personas que en algunos programas de mindfulness han preguntado algo similar: serenos que cuidan obras en construcción, empleados públicos que atienden por ventanilla las continuas y repetidas demandas del ciudadano…¡cuántos trabajos tienen esta estructura tan rígida y automatizada! ¿Hay opción para estas personas?

El cerebro en dos avenidas

En nuestros cursos solemos hablar de que el cerebro humano ha evolucionado en los últimos siglos de tal forma que nos permite automatizar ciertos procesos o acciones, ya sean simples o de mucha complejidad. Un periodista o un catedrático pueden, por ejemplo, dar una explicación socrática profunda sobre determinado tema sin pensar demasiado lo que dicen, si es que lo han practicado muchas veces. Yo mismo, en mis clases, puedo ensayar explicaciones que transiten caminos automáticos a los alumnos repitiendo versitos como “mindfulness es la atención con intención, momento a momento y sin juzgar” (definición de Jon Kabat-Zinn) sin escucharme ni sentir lo que estoy diciendo. Tal es el desarrollo de nuestro cerebro que, una vez repetida determinadas veces un procedimiento (manual, verbal o incluso ideacional) crea un caminito que tiene huellas profundas en la mente. Ese aprendizaje suele llamarse “procedimental” y lo que activamos para realizarlo “memoria procedimental”. Es absolutamente necesaria porque mucho de lo que hacemos en nuestra vida está estructurado en forma de procedimientos: ducharnos, caminar, manejar, etc.

El complejo ecosistema tecnológico en el cual vivimos también puede ser automatizado: mirar el celular sin ser conscientes, navegar por las redes sociales, usar aparatos como el ascensor de un edificio o cualquier computador que comande una función determinada, todo eso es susceptible de ser automatizado.

En este sistema automatizado el cerebro parece consumir menos energía de nuestro organismo y actúa rápidamente, sin demandar recursos atencionales nuevos.

La atención plena en el frigorífico

Pero también sabemos que esa avenida de la automaticidad tiene un costo alto para nuestro bienestar: poco a poco y abusando de ella podemos entrar en un estado de desconexión, de “nublamiento de la mente”, un estado que serpentea emociones como el aburrimiento (hablamos de él en otras columnas), el fastidio, el sopor… Ocurre que lo que la desconexión lleva consigo también es la falta de sentido, la secuenciación mecanizada nos aliena de nosotros mismos y sentimos que lo que hago puede hacerlo cualquiera, soy sólo una pieza en el engranaje.

En los trabajos automatizados puede ocurrir algo similar. Voy a ser sincero: se precisa de un caudal de mucha atención plena para sobrevivir al tedio que puede significar un empleo de este tipo. Seguramente, cuestiones como la calidad de los vínculos humanos y la valoración general de la tarea pueden contribuir a que un empleado no sucumba a esa mecanización laboral, pero la atención plena también puede ayudar.

Un empleado entrenado en ella puede hacer pequeños cortes de apenas un minuto y llevar conciencia a su tarea, respirar profundo y tomar contacto con el cuerpo, con la mente y las emociones desde una actitud de aceptación radical y bondad amorosa. Probablemente, también preste atención a lo singular del momento que está viviendo: los estímulos externos, los sonidos, todo lo que allí pasa por única vez en las coordenadas del aquí y ahora. Cuando mueve su cuerpo nuevamente en la tarea, quizás pueda sentir qué energía utiliza para ello, si está encontrando el punto justo entre el esfuerzo necesario y la relajación, qué músculos se activan, la temperatura de la piel y muchas sensaciones más.

De alguna manera, la persona puede reparar en la importancia de su labor y brindar sentido a su esfuerzo: “Esto beneficiará a muchas personas, a muchas familias, es en el bien de la humanidad”.

O también puede ocurrir que surja la fuerza de una voz interna que, a medida que la atendemos y observamos su sabio mensaje, nos anoticia de que necesitamos otra cosa u otro lugar u otra tarea.Quizás nuestro ciclo se haya cumplido allí. Pero esto no podía decírselo al muchacho del frigorífico. Seguramente ejercitándose en la Atención Plena podría descubrirlo eventualmente por sí mismo.



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