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Creo que pienso demasiado

A veces me pregunto y respondo sobre las situaciones y cosas que rodean el camino que recorro.

Soy de esos a los que se les da fácil usar un baño público, nunca he logrado entender a las personas que dicen “durante todas mis vacaciones no pude ir al baño, porque no era el de mi casa”. ¡Vamos, que la naturaleza no se condiciona! Yo prefiero los baños de los aeropuertos, pero cualquiera que esté respetablemente limpio funciona para mí.

Estando en ese lugar, en la cabina que elegí, suelo limpiarlo todo antes de usarlo, no puedo tocar nada, busco el perchero, bajo el escusado dos veces, cubro los bordes con papel higiénico, y si hay cubreinodoros, me siento muy feliz. Si debo usarlo con la segunda prioridad natural, me siento silenciosamente, espero a que todo mi sistema haga su trabajo. Sin presiones. Pero es en ese momento cuando miro los pequeños detalles del entorno.

Como esa pequeña separación entre la puerta y el cerrojo. Ese espacio en el que puedes ver al exterior de la cabina. ¿Es realmente necesario? Es decir, si se trata de ventilación, creo que con el enorme espacio que hay entre cada lado desde el piso y las paredes es suficiente, sin mencionar que no tenemos un techo realmente, sino un gran espacio aéreo para admirar un estéril techo color blanco.

Ese espacio, entre el piso y las paredes del baño, ese que te permite ver los zapatos de tu vecino de sanitario, puede ser perturbador. Somos capaces de deducir por el estilo de calzado, la personalidad del individuo que acude al llamado de la naturaleza. Si el zapato apunta hacia la pared, por qué está usando una cabina para eso, si hay ocho urinarios afuera; este espacio es solo para zapatos en dirección a la puerta. Esa, con el espacio entre el cerrojo y el exterior.

En los baños, cualquier sonido es permitido, aunque yo no lo creo así. Trato de ser lo más silencioso posible. Nada gaseoso, nada sólido cayendo al vacío y que produzca ondas que llamen la atención de ningún transeúnte, solo yo, como si no estuviera ahí. Pero muchos vecinos no piensan de la misma manera, es admirable (en algún sentido) ese que entra, apresurado, cierra con fuerza la puerta, desabrocha su cinturón, baja el pantalón, se sienta sin siquiera higienizar absolutamente nada y se deja llevar con el volumen que venga aquella satisfacción. Insisto, es admirable, de alguna manera.

Cuando este vecino termina su labor, es inevitable no darse cuenta de que ahora sí procederá a higienizar la zona que le importa, todo lo acompaña con carraspeo de garganta, tos, nasal, y demás sonoridades que la ingeniería de nuestro organismo permita. Quiero pensar que es una manera de celebrar que la misión primaria ya fue completada y que podrá volver a su vida silenciosa de protocolos y apariencias.

Por mi parte, sigo ahí, silencioso. Esperando que las condiciones estén dadas para lograr igualar a mis vecinos. Cuando esto ha ocurrido, vuelvo a limpiar todo, en profundo silencio, me pongo el saco, bajo dos o cuatro veces el escusado (debe ser en números pares), salgo y dejo inmaculado aquel albergue transitorio para ser principalmente humanos.

Mejor acelero el paso, porque el avión está por embarcar.



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