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Cuando los ancestros ya no duelen

A veces andamos por la vida negando a nuestros ancestros por dolor o rabia. Les introduciré este tema, esta vez a través de algunas de mis propias vivencias. Como muchas latinas soy mestiza, pero es hasta hoy que lo reconozco con todos mis sentidos.

Cuando era niña no entendía como mi cabello era tan abundante y no se quedaba quieto. Ondulado en las puntas, castaño oscuro no se parecía a la Barbie con la que jugaba.

Así que hubo un día en el cual con lo de la coquetería femenina lo pinte, lo aclaré, me quería parecer inconscientemente solo a una parte de mis ancestros, ahora lo veo.

Veía a las razas aborígenes o negras como tan distantes, lastimosamente distantes, e incluso con pena, con compasión. Con sangre europea en las venas, hasta con algo de culpa.

Hasta este fin de semana cuando en un avanzado de cuántica, me pusieron de frente a la raza negra. La había excluido en mí, por lo tanto en vez de tomar su fuerza, la estaba negando.

Cuántos de nosotros andamos por la vida así. Viendo a nuestros ancestros con lástima y por ende intentando ser los salvadores de personas que no necesitas que los salves porque son lo suficientemente fuertes para hacerlo por sí mismos.

Cuando vi la fuerza de mis ancestros, los felices que eran con lo que tenían, los altos precios que pagaron, la capacidad de perdonar, de amar que había en ellos, supe que había sido soberbia y arrogante intentando por mucho tiempo ser la salvadora de mi propia historia, desde la víctima.

Cuando volteas a ver a tus ancestros desde la dignidad y tomas conscientemente la fuerza, vives con más plenitud porque eres quien eres porque ellos llegaron primero y porque aprendieron a vivir y a superar obstáculos para que tú lo pudieras hacer diferente y mejor cada día.

No hay nada de penoso en eso. Sino todo lo contrario, una gran fuerza que sólo puede llevarte a seguir evolucionando. Cuando excluyes a tus ancestros es porque todavía hay dolor, porque no quieres ver y la vida te lo vuelve a poner frente a tus ojos para que lo termines de ver de una vez por todas.

Te lo pone en tu pareja, en tu jefe, en tus gobernantes, en tus vecinos. Primero debes sanar las heridas en ti para que ya no te duelan más afuera y ya no juegues a controlarlo todo porque hay algo más grande que tú no controlas. No es pobrecita mi tatarabuela que caminó descalza y trabajó hasta el cansancio para ganarse el sustento…. no, Jamás desde allí. Que grande mi tatarabuela que logró superar los obstáculos para que mi generación disfrutara de otras cosas. Qué grande mi pasado que me ha traído hasta aquí.

Cuando tomo la fuerza de mis ancestros, sé que puedo ponerme al frente y hablar sin miedo, porque mi voz será la de ellos y qué mejor forma de honrarlos que siendo feliz y cumpliendo mi finalidad de escribir y enseñar sobre estas cosas, sobre el poder de la unidad, la reconexión, la alegría, y por supuesto el amor, porque no hay separación, lo que se nos presenta es integrar la vida y honrarla. Que grandes fueron y son todos ustedes mis ancestros. Gracias por la Vida.



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