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Cuestión de tacto

¿Cuál es el sentido que consideras más imprescindible? Inmersos en esta cultura visual en la que decenas de imágenes por segundo nos bombardean desde infinitas pantallas, posiblemente sea la vista. El oído y el gusto ocuparían el segundo y tercer puesto, en una sociedad que no deja espacio al silencio y que propugna la consecución del placer a toda costa, dejando para el final el olfato, un sentido muy desvirtuado en nuestra especie, y el tacto, el gran reprimido.

Si es así, si el tacto es el último de la fila para ti, quizás no le estás dando la importancia que se merece.

Lo cierto, es que el tacto es un sentido que nos conecta con la realidad, incluso antes que otros sentidos. Los recién nacidos no pueden ver correctamente, sin embargo “sienten” el mundo que les rodea a través del contacto físico. Cada poro de la piel es como un ojo que “ve” y manda información sensorial al cerebro para que el niño vaya construyendo su mapa del mundo. A través del contacto el niño siente placer y alivia el dolor, la angustia o la ansiedad, a la par que se estimulan y maduran las funciones corporales necesarias para la supervivencia física.

El tacto nos es necesario, yo diría que imprescindible, aunque a veces se vive sin tocar y sin ser tocado. Pero ¿es esto sano? El feto en el vientre de su madre experimenta la forma más completa de contacto que puede existir, 360º de conexión con el cuerpo materno. En el parto, el bebé abandona ese seguro refugio para lanzarse al vacío, lo que algunos han denominado el trauma del nacimiento. Este abrupto desarraigo se consolida posteriormente al mantener al niño separado de la madre, colocado en cunas y cochecitos, sometido a horarios y disciplinas que evitan el contacto (“no lo cojas mucho en brazos, que luego se acostumbra”), aprendiendo desde tan temprana edad que el tacto, los abrazos y las caricias están condicionados y que hay todo un mercadeo en torno a las manifestaciones de amor: “te querré si haces lo que yo te digo”, “si no dejas de llorar ahora mismo, papi se enfadará mucho”, “no, no quiero que me toques, que antes te has portado mal”.

Limitamos el contacto con los niños y casi desaparece entre los adultos. En nuestra cultura: un par de besos en la mejilla, un apretón de manos, unas palmaditas en la espalda… En otras culturas, el contacto se restringe aún más, llegando incluso a prohibirse las manifestaciones de afecto en la vía pública. Más allá de la moralidad vigente, la restricción del tacto está ligada a nuestra necesidad de dejar bien claros nuestros límites como individuos. La piel es una frontera inviolable detrás de la cual se refugia el “yo”, afirmando su individualidad en un intento de protegerse, sin saber que cuantos más límites creamos más acentuamos nuestro sentimiento de separación y de desarraigo.

El tacto es una puerta que nos abre a otras dimensiones. Mediante el tacto salimos de la percepción del “yo” y experimentamos el “tú” y, por tanto, el “nosotros”. Desde la percepción sensorial conectamos con un entramado profundo, el que conforma nuestra realidad física individual con toda la realidad física del Universo.

En el camino del autoconocimiento es importante tomar conciencia del propio cuerpo, abandonando por unos instantes el refugio de nuestra mente y aterrizando en la realidad física que nos sostiene. Mediante el tacto conectamos con el momento presente, el AQUÍ Y AHORA, con LO QUE ES y no con lo que nos dictan nuestros pensamientos y creencias. A través de esta conexión podemos liberarnos de las corazas que, a lo largo de nuestra vida, nos hemos autoimpuesto y atrevernos a sentir plenamente. Por eso me gusta tanto Reiki como método de terapia y autoterapia que utiliza las manos para inquirir, escuchar, conocer, aprender, perdonar y sanar.

El tacto es un verdadero regalo. Cada vez más pienso que la materia, ese aspecto denso de la energía, existe por y para el tacto.



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