Dejo de quererme cuando…

DEJO DE QUERERME CUANDO

Dejo de quererme cuando…

Olvido mirar en el espejo a la mujer que soy,
Dejo de verme con picardía para enamorarme de mí misma, diariamente,
Obvio poner atención a como me visto y peino, con ese fugaz guiño de coquetería,
Descuido lo que llevo a mi cuerpo, todo aquello que me nutre y desata en mí destellos de alegría, placer y deleite!
Dejo de quererme cuando…
Ignoro mis legítimos sentimientos cualesquiera, tristes o gozosos, tensos o relajados, conflictivos o necesitados de tregua, negándome el respetuoso espacio de duelo, disfrute o respiro según me haga falta,
Acallo mi voz antes que expresar mi opinión por no perturbar, contradecir, o minimizar mi aporte,
Dejo de quererme cuando…
Me someto a los demás, y me pongo en segundo o último lugar de preferencia,
Sacrifico mis derechos innegociables y renuncio a su defensa,
Anulo la intuitiva guía de mi voz interna,
Abandono el observarme, reflexionar y cambiar de dirección al tiempo que el curso de la vida así me lo demanda,
Dejo de quererme cuando claudico, porque dejo de importarme a mí misma…

.

Son muchos me-mi-a-mí-misma, conjugados en tono casi narcisista.
Y así fuese ciertamente, si no se tuviere espacio en el corazón para los demás. Pero entre nosotras mujeres, eso no es lo más frecuente.

La naturaleza de lo femenino nos proyecta en buena medida hacia el otro, hacia el cuido de la familia, sensibilidad que fluye e incluye el entorno social más extensivo. Esta orientación está genéticamente codificada en nuestro ser, y en efecto así está diseñada para preservar la supervivencia de la especie.

Somos vientre que gesta una semilla de vida, la cual se nutre de nuestro propio cuerpo y recursos hasta que se forma y sale a la luz un pequeñito y muy completo ser humano. El acto de desvivirnos por ese trocito de ser prosigue a lo largo de los meses subsecuentes, muy especialmente en el acto de amamantarlo; un nuevo maravilloso sistema cerrado donde se formula el más básico, sólido e imborrable vínculo emocional entre mamá y su pequeño. Y sin tregua hasta la adultez, ese acompañamiento que dedicamos como madres, en una relación sana y en su justa medida, también incluye el soporte emocional.

Por más que la mujer se desempeñe de manera competente y protagónica en el medio laboral, no puede eludir que sigue siendo nutridora de vidas y tejedora de relaciones. Forma parte de su esencia, día a día, los 365 días del año, sin descanso y sin mesura…

El riesgo de entregarnos
Me veo reflejada en ti hija, ahora que eres madre y te entregas sin descanso y sin mesura a esta amorosa tarea. Será sencillo explicarte y que entiendas que todo sistema requiere de reflujo de energía. Si sólo se entrega y no se recibe, el circuito se descarga. Si no nos ocupamos de su recarga periódica, en el tiempo incurrimos en la auto-anulación de nuestro sistema.

Y esa tarea tan fácil de olvidar es, en primer término, nuestra responsabilidad. Así como también enseñar a quien recibe, la sabia sutil e ineludible lección de la retribución.

La respuesta más completa
El amor es la respuesta más completa. El amor hacia uno mismo que no es lo mismo que el narcisismo. Narcisismo es la imperativa demanda egoísta de pretender ser el magneto único del universo. Es la exigencia egocéntrica de que todo apunta hacia uno mismo, sin retorno de energía hacia los demás. Es una vía en un solo sentido que nunca termina de satisfacerse porque ha desnaturalizado al amor.

El amor en cambio es un canal de flujo de energía, y esto es lo más fundamental de entender. Nace desde el corazón, hace su viaje de entrega y ha de retornar hacia sí mismo por diversos caminos. Uno de ellos, el más relevante, el que nosotras mismas nos podemos proporcionar.

Al entender la doble vía de este movimiento nos permitimos entregar con generosidad, y recibir con gozo y complacencia en nuestras diferentes áreas de vida. Es un circuito eficiente, por un lado, y sublime por el otro.

Manejemos esta premisa básica con frontalidad, transparencia y generosidad porque, como lo puntualiza el autor Michael Singer en su libro La Liberación del Alma, el amor es un derecho de nacimiento y un recurso ilimitado.
Siendo así,

Me quiero cuando…

  • Me comprometo conmigo misma, con mi bien-estar corporal, emocional, mental, profesional, financiero y espiritual.
  • Atiendo con prioridad y responsabilidad mis necesidades en la conciencia de que mi bienestar pleno se refleja de manera directamente proporcional a la calidad de relación ofrecida a los demás.
  • Actúo de manera congruente con mis valores en todos los ámbitos de mi vida, sin renunciar a mis derechos y a aquellas premisas personales innegociables.
  • Soy fiel a mí misma en mis elecciones.
  • Actúo con confianza plena en mi talento, fortalezas y convicciones.
  • Doy valor a lo más puro que siento, y actúo en coherencia conmigo misma.
  • Me proporciono mi espacio personal de manera justa, y equilibrada con aquel que entrego a mi pareja, a mis hijos y demás relaciones.
  • Persigo mis objetivos con RESILIENCIA, celebro mis victorias con ALEGRÍA, amanezco día tras día con el renovado brillo de la ESPERANZA, miro al cielo diariamente con GRATITUD por lo recibido y miro a mis pies y a los del otro con sabia COMPASIÓN por las lecciones aún no aprendidas.

Me quiero cuando me comprometo conmigo misma

y con el llamado de mi alma.



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