Deseo no desear

Un pescador encontró entre sus redes una botella de cobre con el tapón de plomo. Parecía muy antigua. Al abrirla salió de repente un genio maravilloso que una vez liberado le dijo al pescador:

-Te concedo tres deseos por haberme sacado de mi encierro. ¿Cuál es tu primer deseo?

-Me gustaría que me hicieras lo bastante inteligente y claro como para hacer una elección perfecta de los otros dos deseos -dijo el pescador.

-Hecho -dijo el genio-, y ahora, ¿cuáles son tus otros dos deseos?

El pescador reflexionó un momento y dijo:

-Muchas gracias, no tengo más deseos.

  

Ni balances, ni proyecciones, más bien ocúpate de estar bien atento al momento presente. La mente que hace balances, hace autopsias. La mente que proyecta, fabrica ilusiones. Dos momentos, uno muerto y el otro ideal. Pasamos mucho tiempo en estos estados, somnolientos, adormecidos, cautivos, perdidos entre los opuestos. ¿Qué será de aquel que busca significado entre la añoranza y la esperanza?

El deseo es como una flecha lanzada al mañana. Dime: ¿cómo esperas que dé en la diana cuando tienes los ojos cerrados al tensar el arco del Presente? Sin embargo insistes con alzar tu copa vacía del hoy. ¡Ocúpate de colmarla! ¿Puede acaso el regalo de la Vida llegar a ti, excepto a través de un hoy?

Cuando el ojo del ojo descansa a la sombra del árbol del deseo, la mente, con delicadas argucias, cuan hambrienta araña, despliega sus atributos para entretejer en nuestros corazones la telaraña de la insatisfacción. Y cada pensamiento es entonces como una mosca distraída que vuela directo hacia su cautiverio, y cae en las fauces de su depredador, que espera paciente por su presa para devorarla.

Dado que la única certeza es la de la incertidumbre del desenlace final en este mundo, concéntrate en el regalo del aliento, que es oportunidad, que es Presencia en la vigilia del que anhela el regreso a casa.

Si lanzas tus intenciones al mañana, puede que la arrogancia de tal pretensión te halle ausente cuando el Alma del Alma venga a reclamar lo que le pertenece. ¡Ay de ti si no estás ahí para atestiguarlo!

Constantemente deseo no desear, y aunque me instalo con frecuencia en la morada del silencio de mi corazón, en ocasiones me enredo en las pretensiones del mundo y, cuan mosca distraída, caigo cautivo en la seda de la araña del deseo.

 



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