Deseo, pido, me gustaría, espero, pero, ¡nada pasa!

Sí, lo sé. Quieres hacer tantas cosas, quizás salir de esta dificultad económica, de salud, alcanzar tus sueños, salir del escenario donde estás, ruegas al Dios de tu doctrina por una guía, por un camino para seguir, buscas una receta y entonces poder ver la luz… pero, ¡nada pasa!

Sin embargo, por ratos desistes y pareciera que lo dejas en las manos de una fuerza mayor que no sabrías cómo describir; en ella descargas tus esperanzas, ilusiones. Después, escuchas a quienes están a tu alrededor o a #MariaCristina, llegas a una nueva conclusión donde mejor te mueves para resolver o al menos para que algo suceda.

Entonces, llegas a otra conclusión, ahora resulta que algo en lo que te empeñaste da destellos de llevarte a un resultado, eso te entusiasma. Lo que has hecho hasta este momento es convencerte, ¿de qué? de algo, aunque aún no sabes a ciencia cierta lo que es. Si eres más atrevido, fabricas alguna teoría, razón o verdad.

Mientras tanto, no has visto que desde siempre todo lo has tenido allí. Que lo único que no has hecho es recibir. El sol te da en la cara en un día frío y te colocas lentes; la brisa fresca te acaricia en un día de calor y prefieres cerrar la ventana. Lo que proyectas no lo crees, le creas juicio, buscas huecos…

Mírate desde la tercera persona, fíjate en todas las barreras que has construido. Ellas comienzan con palabras o frases limitantes: “… es que así soy yo”, “… siempre ha sido así”, “es esto lo que me tocó vivir”, “tengo miedo”, “mejor no digo, no hago”, “que alguien lo haga…”.

Ahora medita en las cosas que más te mueven, medita sobre aquellas cosas que han estado presentes en tu vida y que por alguna razón has perdonado, o que crees que nunca has juzgado, pero siguen rondado en tu cabeza, en tus conversaciones. Son las mismas que te gustarían que hubiesen sido distintas, piensa en los paños de agua tibia que le has colocado a lo que en lo profundo ha sido una herida.

Muévete por un momento, observa cómo esas cargas de patrones de conducta vividos por otros en el pasado ahora se los impones a tu presente, a tus nuevas proyecciones, a tu nuevo escenario, a las nuevas personas que allí aparecen. ¿Te das cuenta de cómo esas son las paredes de un laberinto de donde no sabrías salir? Tienes claro que sí existe un mundo distinto al que estás, al que quieres correr con toda velocidad, pero son esos patrones los que te hacen desconfiar y paralizan.

¿Te lo has planteado?

Mientras lo haces, ¿te das cuenta de la contradicción que hay dentro de ti? Por un lado, sabes que tienes un propósito, sientes algo dentro de ti que te motiva, te entusiasma, te ronda a menudo en tu cabeza aún sin quererlo. Sin embargo, corres a ocultarte en tu hueco de incertidumbre, de pasado, repites una vez más patrones. Dejas que el miedo te invada, los escenarios en los que te ves son aterradores y es que nunca te lo habías planteado, te justificas. Solo hay una cosa que se te escapa, eso es que este momento, este escenario, lo has creado, lo has proyectado, te pertenece, abrázalo, recíbelo por el tiempo que dure. Si logras recibir, entonces has conquistado una capa más de tu todo. Si lo recibes, entonces ya sabes cómo se vive en la conciencia de quién eres, has reconocido entonces tu verdadera naturaleza. Si lo recibes, te has dado cuenta de que vale la pena haberte desconocido tanto tiempo.

Recuerda: no eres patrones de conducta, ni los conceptos, dogmas que puedes estar apoyando. Nada ha sido verdad hasta este momento. El amor que se encierra en tu conciencia, la dirección que te da y tus proyecciones son lo más cercano a cumplir con tu destino.

¡Abre tu brazos, con el miedo de saber que entras a lo que más se parece a ti!



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