Diarios de Rehab: tocando fondo

Esta serie de artículos apareció primero en Inspirulina y ahora forma parte de un libro, el cual no trata solamente de drogas y adicción. Su tema es la condición humana que todos compartimos. Estará disponible bajo el sello Oscar Todtmann Editores.

Lo que pasó ese día no podría precisarlo muy bien. El hecho es que ahí estaba yo, en algún día de julio del 2013, enterándome de lo que había ocurrido. La que era legalmente mi esposa había regresado de una gira y se  encontraba realmente espantada. Los vecinos le contaron que en cierto momento salí virtualmente desnudo a la calle. Ya la casera estaba harta de las cosas disparatadas y potencialmente trágicas que estaban ocurriendo conmigo. Ya no tenía dinero. Lo poco que quedaba de la venta del carro se había acabado. Tampoco tenía para pagar el Internet por lo que escasamente podía entregar artículos para la prensa o las revistas. Mi prioridad era consumir drogas.

En ese momento no lo sabía con seguridad pero mi historia de consumo era amplia y se remontaba a la infancia. Así mismo lo era la gama de sustancia que estaba ingiriendo. Ya no consumía para sentir algo, porque casi no sentía, sino para no morir. A eso había llegado. Técnicamente mi esposa y yo estábamos separados. Aun así ella venía de tanto en tanto para ver cómo estaba yo en el cuchitril donde vivía. Me levantaba todos los días con la misma rutina; llamar al dealer, conseguir el dinero –que ya en los últimos días eran préstamos que conseguía a base de manipular a mi ex o a las pocas amistades que me quedaban—y salir a comprar las sustancias. Era literalmente calamitoso. En cuanto al aseo personal; eso era algo secundario. Lo importante era regresar al cuartucho con las drogas. No sé ni cómo había estado pagando el alquiler. Tampoco estaba comiendo prácticamente. Entonces, para el momento en que mi ex se sentó a darme la charla en relación a que ya era imposible la situación y de que la casera me había puesto en la calle, me di cuenta de que estaba acorralado. No tenía a dónde ir. En esa ocasión había tocado fondo.

Si me hubiesen preguntado honestamente si yo deseaba dejar de consumir, en ese instante hubiese dicho que no. Ésa era la verdad, porque mi vida sin consumo masivo era inconcebible. Ya en esos últimos días estaba absolutamente entrampado en la cocaína y las benzodiacepinas, ésas eran mis “sustancias de impacto”. Lo demás era accesorio y lo tenía cuando había para ello; y me refiero con ello a marihuana y cigarrillos principalmente.  El hecho es que ante lo que me decía mi ex y ante el panorama de no tener a dónde ir sonaba “razonable” ingresar a un psiquiátrico público. A mí me pareció perfecto porque así ganaría tiempo y además me limpiarían la sangre. Entretanto, estaría bien medicado. Después vería cómo seguir “la fiesta”.

De esta forma llegué un 17 de julio al psiquiátrico y comenzó un proceso que terminaría en lo que hoy soy, ya con 2 meses de haber egresado de una comunidad terapéutica –Rehab– y con casi un año de sobriedad, algo que no había experimentado en mi vida desde que tenía, al menos, 12 años.

Un sanatorio no es una experiencia divertida, todo lo contrario. Es un pasillo con puertas que dan a las diversas habitaciones. Metafóricamente un pasillo de espejos. Lo que pudieron aclararle a mi ex fue que ahí cumpliría un proceso de desintoxicación y luego estaría listo para poder iniciar la rehabilitación propiamente dicha.

Mi aspecto físico era –y hoy lo veo así—deplorable. Ya prácticamente no me daba cuenta de las cosas. No recordaba nada. Había destruido buena parte de mis vínculos. Mi barba estaba larguísima y mal cuidada, mi cabello igual. Al parecer me veía mucho más viejo de la edad que tenía en ese momento, 44 años. En esa coyuntura hubiese dicho que la vida me había derrotado; no obstante, hoy puedo afirmar que yo mismo me había derrotado.

En un psiquiátrico no hay con quién hablar y el trato no es muy civilizado. Sin embargo, yo tuve la suerte de contar con una magnífica psicóloga y un buen equipo terapéutico. Para el adicto la zona de confort es de lo más importante, por lo que para mí era ideal que el equipo clínico y que el otro -en general- hicieran, pero que yo fuese pasivo. No quería ni mover un dedo. No obstante, esas semanas de la mano de mi psicóloga, sirvieron para que me diese cuenta de que estaba muy grave y que necesitaba seguir luego de la desintoxicación a un tratamiento de comunidad terapéutica. Rehab, a secas. En ese punto comenzó esta arqueología de mi ser y mi regreso a la vida.

Para entender algunos términos utilizados a lo largo de los diferentes capítulos de la narración puedes consultar el Diccionario de los Diarios de Rehab.



Deja tus comentarios aquí: