El primer amor

El primer amor

Este amor fue tan contundente que ocurrió antes de existir…

 

Cuando me enteré de que venías, aparte de las mariposas en el estómago, empecé a tener unas alucinaciones. Las alucinaciones no eran del tipo de las psicodélicas, ya que mi estilo de vida nunca fue cien por ciento el de una estrella de rocanrol. En sí, lo que veía o me venía a la mente tan frecuentemente, hasta el punto que se mermaba la realidad, era que cuando veía extraños en la calle… los imaginaba de bebés. Tal cual como si los hubiese conocido de pequeños, aunque fueran visiblemente mayores que yo en algunos casos.

A veces los veía como en un álbum de los años 70 con las fotos descoloridas que hoy conseguimos en filtros nostálgicos de aplicaciones de redes sociales para hacer ver las fotos como si fueran de esa época. A veces los veía como en películas caseras, y escuchaba el sonido cargado de somnolencia de uno de esos proyectores caseros viejos que uno ve, a su vez, en películas viejas. Y a veces los veía como si me hubiera trasladado a la infancia de cada persona /alucinación.

Veía al hípster predecible en el café aprovechando el wifi con su laptop, me lo imaginaba de niño con toda su inocencia, buscando un espacio para jugar con su juguete de legos rojos y amarillos, ya que había perdido varias piezas de otros colores, y creaba el camión de bomberos con la intención de maravillar a su hermano mayor. Cuando veía a la cajera malencarada de la panadería, la veía de niña, con la misma expresión solo que lo malencarado en su infancia era en realidad miedo, porque se sentía sola ya que cada tarde su mami se demoraba en buscarla al preescolar. Cuando veía al indigente, ese mismo que asusta con su presencia desaliñada, podía verlo claramente como un niño de tres años, sus dreadlocks sucios habían vuelto a ser rulitos. Despeinado, pero con cabello rizado lavado y más corto, lo veía aferrado a su caballo de peluche, esperando el amor de sus padres, y me preguntaba en qué momento lo perdió. Cuando veía al abuelo en la plaza, me era más fácil aún verlo, porque sentía que aun con los ochenta que le calculaba se asemejaba más a un niñito de seis años en su mirada actual asustada y sobrecogida por esta época loca, que cuando en realidad tuvo seis años. Cuando veía al prepotente director de Desarrollo de Negocios, lo veía de niño, mientras más prepotente más inseguro, veía a ese niñito de siete años queriendo ser escogido en el equipo de fútbol, pero los demás chicos lo veían muy torpe como para meter un gol.

Empezaron a desaparecer las alucinaciones a medida que se aproximaba nuestro encuentro. Ya con tu llegada tenía otra historia en la cual enfocarme, en la nuestra. Teníamos una historia que escribir en hechos, en la que las hojas serían historias de esperanza, de miedos, de errores y victorias, de perdones y abrazos, y todos ellos serían los bloques de construcción de nuestra felicidad. Verás, Santi, hijo amado, mientras estábamos embarazados y trataba de imaginar cómo sería tu infancia, mi soñar jugaba a ver esa misma sensación en todas las personas. Fue otro gran regalo que recibí de ti, el primero fue tu venida, y el segundo, poder sentir que amaba a todo el mundo aunque fuera por instantes, porque veía lo maravilloso de los niños en cada persona. Gracias.

Te amo siempre,

Tu papá.



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