El ruido, ese gran enemigo urbano

El ruido al que estamos sometidos quienes vivimos en ciudades nos hace daño. Mucho. Mientras más alto es y más frecuente es nuestra exposición a él, más daño nos hace. Nos hace daño de día, mientras circulamos por la calle, mientras estamos en casa o en el trabajo; y sobre todo nos hace daño en la noche, cuando nos despierta mientras dormimos. Nos vuelve agresivos, nos incrementa el estrés, nos causa insomnio y nos perturba el metabolismo. En Alemania, un país con severas regulaciones ambientales, el ruido del tráfico causa casi 1.700 ataques al corazón por año, según la OMS; ¿cuántos perjuicios puede infligir entonces a una ciudad como cualquier capital de América Latina, donde no sólo hay mucho por hacer en materia de legislación sobre calidad de vida, sino que muy corrientemente la misma población adora hacer ruido?

Hemos hecho del mundo un lugar más ruidoso. Los oceanógrafos han detectado que hay más ruido en el océano, por el aumento del tráfico marítimo gracias a la globalización, y las ballenas tienen problemas para comunicarse, a veces lo suficientemente graves como para desorientarlas y lanzarlas a morir en una playa. Y en nuestra vida urbana es donde el problema es más grave. Las fábricas son un culpable tradicional, pero también hacen lo suyo la construcción y, en un lugar muy destacado, el tráfico, una fuente de ruido constante, que nos afecta cuando circulamos y cuando no. Los autos, las motos, el helicóptero del tráfico, las alarmas de los vehículos, las sirenas de las ambulancias atascadas en una congestión, el mero rumor de los motores esperando la luz verde del semáforo: una suma letal de ruido nocivo que ingerimos a grandes dosis, todos los días.

Pero no son sólo las grandes máquinas. Como en un cuento de Ray Bradbury, la tecnología nos ha convertido a cada uno de nosotros en fuentes individuales de ruido, con nuestros celulares, televisores, equipos de sonido, licuadoras, aires acondicionados, consolas de videojuego, etc. Una investigación de la John Hopkins University encontró que mientras en 1960 los hospitales de Estados Unidos tenían un ruido diario promedio de 57 decibeles, en 2004 era ya de 72. Hemos desarrollado horror al silencio, como si tuviéramos fobia de nuestros propios pensamientos. Nos aburre, nos parece signo de pobreza, de avejentamiento, de subdesarrollo. Los cafés, los restaurantes, los cines, las salas de espera… todo suena más, o si no, nos encargamos de que lo haga encendiendo el celular o el Nintendo DS para pasar el rato.

Y el ruido, efecto colateral de nuestro éxito técnico, es un problema reciente en la historia de nuestra especie, por lo que no hemos evolucionado para adaptarnos a él. Estamos biológicamente programados para ponernos en guardia ante un sonido fuerte, como nuestros antepasados lo hacían cuando creían escuchar el aullido de los lobos. Todos esos decibeles que nos rodean nos tienen, por tanto, en estado de alerta, con las funciones cognitivas reducidas y la sangre recibiendo adrenalina. Así que el ruido reduce a la larga nuestra capacidad de audición y nuestra esperanza de vida.

¿Qué hacer contra el ruido? Primero, cada uno de nosotros podría muy bien pensar en cuánto ruido produce individualmente y empezar a reducirlo, dejando de tocar corneta, por ejemplo, o bajando el volumen de la música o del ringtone del teléfono. Segundo, protegiéndonos de él y sus peligros, practicando la meditación, yendo a lugares tranquilos como los parques y los museos, creando entornos de vivienda o trabajo más serenos para nosotros y la gente que nos rodea. Tercero, con ejercicio de ciudadanía, apoyando las medidas y los dirigentes que combatan el ruido, cumpliendo con las ordenanzas municipales, denunciando a los infractores. Ya sabemos que el humo nos mata; hagamos con el ruido, tan dañino como el cigarrillo, lo que hicimos con él.



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