¿Es posible el amor incondicional?

¿Es posible alcanzar la conciencia del amor incondicional?

Vamos a decirlo así: ¿es posible que pueda amar todo lo que me pasa, especialmente lo que no me gusta, y la gente alrededor, especialmente los que no me caen bien?

La respuesta es un sí. Definitivamente sí, pero no todavía…

Y aunque parezca ser una cuestión de tiempo, no lo es. El tiempo, en sí mismo, no tiene valor para nuestra evolución espiritual. Nuestro cuerpo es el que madura con el tiempo, pero no nuestra conciencia. La evolución ocurre cuando decidimos dar un paso más hacia el amor. Y eso puede ser cuestión de unos segundos… o varias vidas.

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Para comenzar a despertar el amor incondicional deberemos dar un paso anterior: purificar el amor condicional en el que todos estamos de una u otra manera atrapados.

Te quiero, pero… Me quiero, pero…

Lo que queremos cambiar de los demás o de nosotros mismos, con cierto capricho, nos hace saber que aún estamos condicionando la forma en que queremos ser amados. “Si cambias, si te vas o si vienes. Si cambio, si voy o si vengo”. Allí es donde estamos transitando en el proceso de abrirnos a una conciencia que nos lleve naturalmente al amor incondicional.

Creo que en el fondo, aunque mucho pregonamos, meditamos y hacemos todo lo posible para amar incondicionalmente, realmente no deseamos llegar allí todavía. Nos hemos hecho la idea de un amor incondicional tan etéreo que no nos parece atractivo todavía. De una u otra manera, el drama parece ser un combustible que necesitamos.

Por lo tanto, dejemos a un lado la idea del amor incondicional como tal y pongamos los pies sobre la tierra. (Bueno, sigamos con los pies sobre la tierra…). No busquemos el amor incondicional. Ya llegaremos a él. Hagamos algo mucho más práctico y útil para el mundo en este momento: antes de hablar, de hacer algo o de pensar en alguien o nosotros mismos, observémonos y comprometámonos a hablar, hacer o pensar lo más amoroso que podamos en ese momento. Quizás no sea la versión más luminosa del amor, pero es el máximo que podremos dar. Y el suficiente para ponernos en marcha…

No busquemos el amor en el cielo, en las estrellas, ni en los iluminados. Bajemos la cabeza con humildad y lo busquemos en nuestro corazón… Y démoslo! Porque hasta que no lo damos, no sabremos que ese amor que buscamos en tantos lugares, estaba allí, esperando que le abrieran la puerta.



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