Eso de mí que no me pertenece

Cuán aventurero desaforado de la ilusión osé adueñarme de la vida, y la llamé: “mi vida”, como si cada aliento me perteneciera, como si cada día fuera mío. Y a través de esta osadía me convertí en el dueño de lo impropio, en un mero portador de deseos.

Como un vagabundo, deambulé la existencia creyendo en el sentido de pertenencia. Apegado a las mil cosas me valí de mi ceguera para convertirme en lazarillo de mis propios miedos y, en un intento desesperado por encajar en el mundo, vendí mi integridad a cambio de unas cuentas ideas ajenas.

Borracho de orgullo mis ojos centellaban miradas de poder, tan solo por creer que aquello que ven, es lo que llaman realidad. Más mi mente, en su ajetreo desconcertante y confuso a causa de la obnubilación de las mil cosas, ansiaba convertir meras imágenes en verdades. Y así el personaje que encarnara mi Alma, se paseaba por la vida vistiendo el atuendo de sabio, para endulzar con sus mentiras los incrédulos oídos de aquellos que, como yo, descansan a la sombra del árbol de la ignorancia.

Mis palabras buscaban conquistar los cientos de miles de mundos ajenos con su encantadora y melódica voz. Y aunque jamás han dirigido sus flechas verbales a mi propio corazón, aun así creyeron saber de los saberes de la existencia, más sencillamente lanzaban sus disparos al vacío, haciendo blanco con la nada misma, sobre el pecho de la nada.

Y así los días fueron surcando mis días y, en mi inmadurez, mi Alma avergonzada nunca quiso desplegar sus alas…

Aún en el atardecer de la vida no he logrado desprenderme de la idea de que “poseo” una vida. Temo que aún en la víspera de mi muerte ansíe fervientemente aferrarme a las mil cosas, más en un grito desgarrador propine un insulto al silencio, por no responder ese día a mis insistentes demandas. A pesar de mi incomprensión una reiterada pregunta resuena en mi interior diciendo: ¿Será que eso de ti que no te pertenece, es capaz de hallar su libertad en manos de tan cruel carcelero?

Y tras un sutil artilugio de mi entrenada lógica, huyo nuevamente del compromiso de comprender montado sobre el lomo de las justificaciones, y atrapado por las garras imaginarias de las mil cosas, que aún son carceleras del carcelero.

Y eso de mí que no me pertenece, ése hálito divino que ha engendrado a la esencia en su seno, decide volver a ocultar su rostro de los intrépidos ojos de este burdo e insistente perseguidor de apariencias.



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