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Fabricando recuerdos

La fotografía siempre fue una de mis pasiones. Desde muy niña tuve una cámara en la mano. Fue el pasatiempo de mi padre por muchos años y lo de convertir los momentos especiales en imágenes era parte de la cotidianidad de nuestra familia. Mi tío, Pipo, tenía un estudio fotográfico y hacía maravillas con la cámara y el retoque a mano, en una época en la que el Photoshop ni siquiera había sido pensado. Yo podía pasar horas viéndolo fotografiar a la gente, poniéndolos en posición, midiendo la luz, hasta llegar al esperado sonido del disparador.

Eran los tiempos del negativo en el “rollito”, el cual había que mandar a revelar a la fototienda. Un proceso en el que la espera se hacía eterna. En aquellos tiempos, recuerdo que quedaban plasmados en papel aquellos momentos realmente importantes, y la captura se hacía con mucho cuidado por parte del fotógrafo y de los fotografiados, porque nada era peor que ir a recoger el sobre con las fotos y encontrar que la imagen había quedado movida o que alguien salió con los ojos cerrados.

Todo este cuento lo traigo a colación porque hace unos días mi hijo, quien estudia guitarra eléctrica hace unos pocos meses, tenía su primera presentación. La academia donde estudia decidió hacer un concierto por el Día de la Madre a fin de mostrarles a las agasajadas los progresos de sus retoños. Por supuesto, no podía faltar la camarita digital, esa que tienes en la cartera para darle clic a todo lo que se te atraviese.

Cuando tocaba el turno de la canción en la cual participaría mi artista, automáticamente agarré la camarita y pensé en darle al botón de video para grabar tan importante instante. De repente, una vocecita en mi cabeza me dijo: epa, el chamo solo tocará una canción, ¿te la vas a perder? Y lo entendí. Quité la opción de video, le tomé un par de fotos con su pose de guitarrista y me dediqué a disfrutar de la canción.

Ya sé lo que estás pensando: Pero si no lo grabaste no lo podrás tener para verlo en el futuro, tenías que guardar el momento. Te cuento que cuando apagué la camarita asumí que lo más importante para mí era fabricar el recuerdo de ese instante tan especial para mi hijo y para nosotros, sus papás. Un recuerdo que no va a necesitar de ningún aparato para reproducirlo porque lo llevaré por siempre en mi memoria, allí donde debemos guardar lo que ha sido realmente importante para nosotros.

No te digo que no voy a seguir cargando mi aparatico donde quiera que vaya, sino que a partir de ahora, en los momentos significativos le daré más importancia a la fabricación de recuerdos, que a vivir la experiencia a través de un visor o de una pantallita. ¿Por qué? Porque fabricar el recuerdo de cada situación implica que lo vivas a plenitud, que tus sentidos estén enfocados en empaparse de todo lo que está ocurriendo y absorberlo de manera total. Así cuando lo recuerdes podrás sentir de nuevo los sonidos que te rodeaban, las imágenes  con todos sus matices, sentir en la piel la energía del lugar, el olor del ambiente y hasta el gusto de aquello que a lo mejor saboreabas en ese instante.

A veces pienso que con la facilidad de la instantaneidad de la fotografía digital pasamos más tiempo captando los paisajes que disfrutándolos. Me encanta la posibilidad que nos da la tecnología de tener al instante la fotografía deseada, pero hay momentos en los que, definitivamente, prefiero aprovechar cada minuto y poner toda mi atención en llenar mi archivo personal fabricando el recuerdo de esa ocasión.



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