¿Hace falta la entrega?

Ilustración de José Alejandro Ovalles [email protected]

En días recientes me llegó un mensaje por Facebook. Era una querida vieja amiga, lectora de mis últimos artículos, quien deseaba saber si yo tenía certeza espiritual de Dios. Así son las redes sociales. Tienes años sin conversar con alguien importante en tu vida y de repente aparece para lanzarte una de esas preguntas que ameritan una buena sobremesa. Mi respuesta imprecisa no sobrepasó las cuatro líneas “No tengo certeza pero tampoco duda absoluta. De un tiempo para acá vengo moviendo la idea de Dios en mí y así, poco a poco, voy haciéndome más preguntas”.

Entonces ella, con el amor de siempre, me escribió de nuevo para decirme “Es que piensas mucho. Sucede que intelectualizas, que vas desde la pregunta y no desde la entrega. Si sintieras a Dios se acabarían las preguntas”.

Días después le comenté a mi esposa Gabriela sobre el intercambio y ella, muy inteligentemente, me dijo “¿qué entiende tu amiga por Dios?”. La verdad no tenía respuesta precisa, mas conociéndola como la conozco, seguro no es el señor de barba blanca sentado en trono de oro. Pero en realidad no era su idea de Dios lo que me intrigaba. Era la sugerencia de sustituir las preguntas por entrega.

¿Entrega a qué? Bueno, acá es donde estos debates dibujan círculos hermosos. Entrega a algo que puede llamarse Dios, aunque en realidad podríamos usar cualquier otra palabra. Porque mi amiga claramente no deseaba que yo creyese en su Dios o que me sumase a su religión. Su invitación era más sutil y por lo tanto más poderosa. Ella deseaba que yo viviera la experiencia de Dios para obtener una respuesta definitiva.

Certeza versus interrogante. Entrega versus búsqueda. El mensaje de mi amiga tocaba un terreno sobre el cual jamás me he sentido cómodo: la fe como un requisito para trascender las limitaciones del intelecto. ¿Es imprescindible llegar a ese punto donde rendirse es la única forma de seguir adelante? Como verás, me encantan las preguntas. Me parecen más interesantes que las respuestas.

Y por lo que he encontrado hasta ahora, sí. Llega el momento cuando la mente se queda sin explicaciones y toca buscar luces en otros ámbitos. ¿Cuáles, cómo, con qué seguridad o garantía? Para quienes descansan en el andamiaje de la fe religiosa esta pregunta es vacua porque la verdad está escrita. Para aquellos que transitan los terrenos de la espiritualidad, la respuesta hay que buscarla al interior del ser. Y para quienes ejercen el ateísmo la pregunta es inútil porque sencillamente no hay más allá del cuerpo físico y el fenómeno biológico de la mente.

Lo que me trae al asunto de fondo en el correo de mi querida amiga, uno de los temas más recurrente entre nosotros los humanos: ¿Dónde estás ahora, hacia dónde vas, y qué lugar ocupa Dios en todo eso?

Yo, honestamente, no tengo una respuesta certera. De lo que estoy seguro es que ella tiene razón al garantizarme que ningún pensamiento supera la experiencia. Eso lo comprobé hace un par de noches mientras veía el mar plateado por la luna llena y sentí que había algo más allá del simple reflejo de la luz sobre el agua. La emoción que me embargó tenía toda una gama de explicaciones físicas y psicológicas. Pero creo, estoy casi seguro, que también estaba en juego otra energía, más profunda, de otra fuente.

Así, entre preguntas y silencios, querida amiga, voy experimentando esos momentos con mayor intensidad. Y sin nombres.



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