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¿Hay que frustrar a los niños para “civilizarlos”?

A menudo escucho a progenitores, educadores y profesionales de la salud (incluyendo reputados pediatras) decir que para educar o civilizar a los niños hay que frustrarlos. Dicen por ejemplo, que hay que dejarlos llorar para que no se malcríen, que no hay que atender en todo momento el llanto de los niños para que aprendan a tolerar frustraciones, que no los debemos complacer (aunque esté en nuestras posibilidades hacerlo) con el objetivo de obligarles a ejercitar la tolerancia a la frustración. Sin embargo, en el curso de la vida de cualquier mortal, y sobre todo durante la experiencia infantil, suceden suficientes oportunidades naturales para ejercitar la frustración y lograr asimilarla adecuadamente con el apoyo consciente, respetuoso y amoroso de los padres. Un niño que comienza a gatear o a caminar y se cae, se frustra. Como ese ejemplo hay muchos otros, la vida de un niño está cundida de ellos. Por lo tanto mi sentido común me dice que no es necesario añadir frustraciones extras.

Pero indaguemos la opinión de un especialista para aclarar malos entendidos sobre el tema y conocer sobre las secuelas que generan los condicionamientos sociales relacionados con la frustración infantil. Para ello he pedido la ayuda a un facultado, sustantivo y preclaro profesional orientado por una visión respetuosa sobre la infancia. Se trata de José Luís Cano Gil quien gentilmente aceptó responder a esta entrevista. José Luis es psicoterapeuta psicodinámico y de crecimiento personal, especializado en atención a adultos y padres con enfoque Alice Miller. Trabaja en Barcelona, España, y su sitio web es www.psicodinamicajlc.com

¿Hay que frustrar a los niños para “civilizarlos”?

En absoluto. La mera idea de usar la frustración como instrumento educativo me parece siniestra, una variante de los maltratos y castigos de siempre. La frustración forma parte de la existencia, desde luego. Pero la “civilización”, la tolerancia a los límites y a las frustraciones, etc., no se adquieren frustrando a las personas una y otra vez (lo que sólo las hipersensibilizará al dolor), sino fortaleciendo al máximo su personalidad. ¿Cómo? Invariablemente, a través del respeto, la ecuanimidad, el amor, el ejemplo, la contención afectuosa, la paciencia. Sólo esto capacita a las personas para resistir sus frustraciones, siempre que éstas no sean, por otra parte, ni demasiado traumáticas, ni demasiado frecuentes.

¿De dónde sale esta idea o creencia que de manera latente o manifiesta sostienen criadores, educadores y profesionales de salud relacionados con la infancia y cuáles son las repercusiones para el desarrollo emocional de los niños?

Supongo que tal creencia es el actual modo eufemístico de predicar la “mano dura” de siempre, que es como seguramente habrán sido educados la mayoría de sus defensores. En cuanto a las repercusiones, tanto infantiles como en adultos, son claras. Las personas excesivamente frustradas desarrollan sentimientos conscientes e inconscientes de ira, tristeza, baja autoestima, resentimiento, miedos, desmotivación, hipersensibilidad a las frustraciones, pesimismo… Si los niños son frustrados de modos frecuentes, injustos o abusivos, entonces se sentirán humillados, desesperados, perderán el respeto a la autoridad (padres, profesores), se volverán tristes o inquietos, desobedientes, retadores, agresivos…

¿Cuál es la función de la frustración y cómo opera?

La frustración es la privación de un deseo. Si nuestro número de frustraciones no es excesivo, aprenderemos que no todos los deseos pueden ser satisfechos en la vida, lo cual nos fortalecerá cada vez más -en un marco realmente amoroso- respecto al dolor que nos producen. Así, las frustraciones nos ayudan a adaptarnos a la realidad.

¿Cómo acompañamos a nuestros niños para ayudarles a integrar las experiencias de frustración y configurar sanamente los niveles de tolerancia o respuesta ante ellas?

Con amor y ejemplo. Es decir, empatizando con ellos, compartiendo el dolor que sienten, evitando que las vivan como agresiones o castigos, soportando serenamente nuestras propias frustraciones… Después de todo, la única razón por la que vale la pena aguantar cualquier disgusto es por el amor de quienes nos rodean. Una persona sin amor, en cambio, ¿por qué o “a cambio” de qué debería aceptar su sufrimiento? Esto es la “intolerancia” a las frustraciones.



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