Historia de domingo: la locura de Malpica

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Caminaba por las calles de tierra con gran determinación, como si entre ceja y ceja abrigara una misión que pondría a salvo la vida de miles de inocentes. Su paso denso y rítmico parecía estar marcado por una agenda ineludible.

Malpica era su apellido, los niños escuchaban en la sobremesa que había perdido la razón, y -al verlo pasar- lo rodeaban como moscas, estorbando su paso, haciendo mofa de su seriedad, de su propósito.

Estallaban las carcajadas al imaginar qué cosas tan importantes tenía pendiente Malpica en ese pueblo de calles de tierra, de siestas y rutinas de trabajo que desterraban cualquier sorpresa.

“Voy a ver si la gallina puso”, “quiero ver si brotó una semilla”, “quiero saber si ya llegaron los pájaros al arroyo”. Y así las risas iban y venían. Pero después se le veía quieto a Malpica, ensimismado frente al agua cristalina de estero. Era como si allí encontrara el secreto, su sosiego.

¡Qué hermosa la locura de Malpica! Reconoció Rodrigo años más tarde, cuando mojaba los pies en el estero con un nuevo amor, a quien encantaba una tarde tibia, con las memorias de su infancia.



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