La alerta

Hace un año desperté con una pequeña mancha roja en el borde de mi nariz.

La ignoré y la atribuí a mi detestable pms, porque soy de las que se transforma en un monstruo asqueroso cada 21 días. Día a día estuvo ahí, aveces se hacía un poco más grande y me aplicaba una pomada para mantenerla bajo control; a veces no parecía verse en lo más mínimo. Convivimos irregularmente durante un año; yo sin saber cuál era su propósito y ella intentando comunicarse de la mejor forma en que las manchas se saben comunicar.

26 de Diciembre de 2015, un año después de su primera aparición, comenzó a generarme fuerte dolor y amaneció considerablemente asquerosa. La noche de año nuevo era casi intolerable el aspecto y las punzadas que causaba. Pedí consejo sobre qué podía ser este viejo individuo en mi cara. Necesitaba darle un nombre. Necesitaba entenderlo de una vez.

Un herpes por causa de estrés. Ahí está. Un herpes, en mi cara, por un año.

Comencé desesperadamente a mirar hacia atrás y comprendí totalmente su mensaje: cuando se tornaba grande eran momento donde mi vida era estresante, días en los que podía tomar 3 tazas de café y tomar 5 vagones de metro sin darme cuenta del tiempo. Noches que pasaba frente a una pantalla partiendo mi cabeza en busca de soluciones e ideas sobresalientes con el teléfono en silencio, ausentada del presente.

Comprendí también que a medida que el presente se acercó, él tomo fuerza, alertándome sobre mi situación interna, intentando decirme que parara un poco.

Cuando acudí al médico me recetó la clásica crema y pastilla, sin embargo me dio un largo discurso sobre el estrés y la ansiedad y cómo ésta nos afecta silenciosamente. Cuando me preguntó sobre mis hábitos pude notar que no eran saludables, sin embargo, aseguré que no sentía estrés fuera de lo normal.

¿Quién no siente estrés y ansiedad en un mundo como el que vivimos? Es ilógico siquiera preguntarlo, pero la médico aseguró que esa gente sí existe y que yo debía intentar entrar a su club. Puse mi clásica mueca que hago cuando no acepto un punto ajeno y ella puso la clásica mueca de vergüenza ajena.

Así pues comencé un camino de rehabilitación estética y mental, en la que retomé las lecturas que tanto me gustaban hace unos meses y disminuí mi uso del café (aunque tengo un taza mientras escribo esto).

Cada 4 horas debía tomar una pastilla y colocar una pomada. Cada 4 horas me recordaba frente al espejo que esto sólo mejoraría si yo decidía cambiar. Tomé un paquete de fotografía viejas que guardo en mi gaveta para casos de emergencia y comencé a hojearlas. He sido feliz todo este tiempo y han pasado cosas maravillosas, entonces ¿por qué me sobrecargo?

¿Por qué no somos capaces de comprender todo el bien que nos rodea pero sí somos capaces de sobrecargamos con preocupaciones futuras? ¿En qué momento disfrutamos el presente sin preocuparnos por el futuro?

Pues ahora mi vida me está pidiendo que organice mis miedo y ansiedades, y una mancha horrenda ha sido la mejor forma de enviarme el mensaje.

Love, R.



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