La fuerza de la vida

He pensado durante un tiempo acerca de la importancia de la trascendencia del mero hecho de la supervivencia. Un ser humano puede pasar su vida completa en este nivel de manifestación, donde se limita a reaccionar automáticamente, asistido por la naturaleza biológica y por sus creencias, como impulsos básicos. Generalmente cuando nos encontramos en este “estrato evolutivo”, estamos colmados de miedos que nos impiden acercarnos a la Vida en todo su esplendor.

El “desafío” de la trascendencia radica en pasar del estado de supervivencia a vivir. Cuando me refiero a vivir estoy poniendo el énfasis en la configuración del individuo, que se ha creado su propio espacio y que ha logrado CRECER como consecuencia de haber encontrado su lugar, su fuerza.

La configuración biológica que tenemos, ya de por si nos provee de un mecanismo automático de reacción. Ante una situación inesperada hay dos posibilidades “animal”: hacerle frente o huir, solo estas dos. Sin dudas, cuando aún dormimos a la sombra de la ignorancia de nuestros potenciales, renegados en la ilusión de la separación, sólo contamos con esto. Claro que todos, como buenos chicos, grabamos nuestro carácter con la impronta de sendos sistemas de creencias, dogmas y otros activadores robóticos que llegan más tarde, luego de haber “mamado de nuestro nido” los nutrientes de base para esta supervivencia. Ahora veremos lo que esto implica.

Las respuestas viscerales del animalito interno, que nos son heredadas por millones de años de evolución, hallan su marco de contención en el propio seno familiar, donde se forjan y se moldan con particularidades de pertenencia. No puede atribuirse el crecimiento quien no reconoce esta pertenencia, quien “no halla su lugar en la manada”, quien no es reconocido en el grupo. Cuando digo crecimiento no hablo de cumplir años, ni de logros, sino de convertirnos realmente en adultos. Un apersona puede tener 70 años, ser exitoso en su trabajo, ser multimillonario, tener hijos, nietos, etc, y estar inmaduro, como fruto verde en la rama de un árbol. Sólo crece quien reconoce su fuerza, la toma completa, desde la fuente original, y da un paso hacia la Vida. Para ello debemos reconocer la fuente.

¿Cuál es la fuente que provee la fuerza necesaria para crecer? Sin dudas, y aunque te resistas a aceptarlo, Papá y Mamá. He visto las más grandes arrogancias ante estos dos proveedores naturales de la fuerza. Algunas en enojo, otras en rechazo, otras en víctima, otras en reclamo, otras en el rol de proveer al proveedor y tantas más. Es una rareza encontrar casos donde se reconoce a los padres como los grandes, donde se los toma tal como son, asintiendo así a sus destinos. Muy esporádicamente veo adultos en el mundo, dignos de sus presencias, frutos maduros que han sabido recolectar la sabia nutritiva de las raíces del árbol. ¿Acaso crees que en arrogancia puedes recibir la fuerza de la Vida?

Sin conciencia de esta carencia nos adentramos al mundo como meros disipadores de energía, la que generalmente “chupamos de nuestras parejas e hijos” (a quienes convertimos en nuestros rehenes), cuando no reconocemos la fuente original. Claro que si no tenemos pareja e hijos lo haremos de Dios, el “Súper Padre”, o de la virgen, la “Súper Madre”, o de Buda, Mahoma, Jesús o quien sea que nos rellene el hueco. Siempre hallaremos un sustituto para estos dos proveedores naturales.

Sin Orden vamos sobreviviendo, creyendo salvar al mundo con nuestras desesperadas acciones, más simplemente se trata de un reflejo, de un espejismo. ¿Quién puede dar lo que no ha recibido? Así, como disparos al aire, nos desperdigamos hacia el afuera, en un incesante y doloroso reclamo del amor de mamá y de la mirada y el reconocimiento de papá.

No hay mejor decisión en el mundo que ocupar el lugar que tenemos. Cuando estoy en mi lugar, la Vida puede fluir a través de mí y proyectarse. La fuerza arriba. Sólo aquí podemos CRECER. ¿Qué sería del fruto en la rama si no reconociera la flor, si rechazara el tronco, si se creyera más que las raíces? Si de verdad quieres ser adulto, crece en el reconocimiento de lo que es y en la honra de los que, por destino, vinieron antes que tú.



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