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La llave de la felicidad

Uno de los primeros libros relacionados con la enseñanza de Un Curso de Milagros que leí en la adolescencia fue Usted puede sanar su vida de Louise Hay. Hay una frase de Louise, a quien considero una maestra del perdón y la sanación emocional, que refleja el poder sanador del perdón. Sus palabras son:

“El perdón es para ti porque te libera.

Te permite salir de la prisión en la que estás”.

En la adolescencia, comencé a cuestionar la forma en que mis padres me habían educado, y a reprochar algunos comportamientos que tenían. Esto generó enojos y discusiones con ellos. Me preguntaba por qué no había tenido una familia ideal, de acuerdo a los modelos que tenía sobre un papá y una mamá perfectos. Cuanto más pensaba en ello más grande se hacia la brecha entre la manera en que actuaban y cómo consideraba que deberían haberlo hecho.

Conversando con algunos amigos me enteré que muchos pasábamos por esta situación. Escuchando y observando desde afuera, llegó mi primer momento eureka en este tema: Por más enojado que me sintiera con ellos, mis padres seguirían siendo como eran ¡Y seguirían siendo mis padres!

Efectivamente, enfadarme no era la solución. Si quería tener una relación nueva con ellos, debía revisar la forma en que los veía. Así descubrí que, si lo permitía, las historias sobre el pasado podían condicionar mi visión del presente, llenándolo de pensamientos tristes de cuentos viejos.

Tiempo después asistí a una sesión de meditación con sonidos de cuencos tibetanos. Llegué al lugar, me recosté sobre una manta, cerré los ojos, comencé a respirar, y sostuve la intención de dejar ir esa historia en relación a mis padres. Había una sorpresa mayor: comenzaron a surgir en mi mente una serie de imágenes y recuerdos, veía experiencias en las que había sentido dolor, como si estuviesen sucediendo en ese momento. Luego del repaso, se hizo un instante de silencio y vacío. Entonces llegó una idea:

“Somos nosotros los que elegimos las situaciones que vivimos, tal como son y con quién, y cada uno de esos momentos me trajo a donde estoy…”.

Así cada recuerdo se fue convirtiendo en una lección valiosa. El enojo se transformó en un estado de gratitud. Pude ver a mis padres como seres con los cuales aprendí cosas de las que se escribe en muchos libros: libertad emocional, superar miedos, perdón y aceptación. Ese día dormí más liviano, porque pude ver las cosas con ojos nuevos. Sé que ellos hicieron lo mejor que pudieron, y seguramente me han educado como lo hicieron con ellos sus padres.

Dice Un Curso de Milagros: “Un pensamiento que no perdona es aquel que emite un juicio que no pone en duda a pesar de que es falso. La mente se ha cerrado y no puede liberarse. Dicho pensamiento protege la proyección, apretando aún más sus cadenas de manera que las distorsiones resulten más sutiles y turbias; menos susceptibles de ser puestas en duda y más alejadas de la razón”.

Por eso soy consciente de que cualquier forma de dolor es un llamado al perdón, a la paz interior. El perdón está siempre justificado, la ira no. Cualquier situación en la que sentimos dolor y no hacemos el trabajo de aceptación, nuestra responsabilidad de elegir la percepción que sostenemos, la decisión de hacer el proceso para pasar de la resistencia a la integración, del miedo a una visión sin juicios se convierte en una vocecita tóxica que habla en nuestra mente cuando no estamos alertas.

Claro que el perdón es algo que puede tergiversarse fácilmente. Porque no hablamos del “perdono lo que me hiciste… pero ya verás cómo se siente cuando te toque a ti”, que hace real el pecado y el error, anclando la culpabilidad a través del juicio, albergando el rencor, y luego pretendiendo pasarla por alto. El perdón destructivo de los que eligen verse a sí mismos como víctimas y se autocompadecen por “el sufrimiento que les ocasionan los demás”.

Tampoco del “mira cómo me haces sufrir, pero te perdono porque soy bueno y tu eres malo, porque soy una persona muy espiritual, porque te quiero”, el perdón moral de los que eligen verse a sí mismos como mártires o espiritualmente superiores.

Ni del “te perdono… pero si haces esto, esto y esto otro”, que solo es una manera de obtener, una forma de chantaje emocional que tiene el objetivo de encadenarse en la dependencia emocional.

El perdón del que te hablo es el perdón que sencillamente te libera, dejando ir cualquier pensamiento falso, toda percepción que alimenta el miedo y la culpabilidad. Por eso el perdón es algo que se aprende, que se adquiere con la práctica, y para el cual antes de hacer un juicio te preguntas: ¿me acusaría a mí mismo de eso? ¿Es esta realmente la mejor percepción que puedo sostener sobre esta situación? ¿Me siento libre, en paz, con esta idea?

Al perdonar, dejamos ir la energía negativa del resentimiento, renunciando al deseo de venganza y la exigencia de la reparación que solo producen sufrimiento. Al perdonar, nos liberamos de la carga del rencor y entonces el dolor se disuelve.

El perdón es el camino que conduce directa e inevitablemente a la paz interior.



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