Mis queridos lectores, esta semana les presento un extracto de mi libro “Una nota en la nevera”.
La naturaleza sabe
Durante años hemos escuchado a alguna gente, sobre todo gente mayor, decir que “la naturaleza es sabia”. Pero, ¿realmente sabemos a qué se refieren? La sabiduría de la naturaleza, desplegada a través de los tiempos, se mezcla con su fuerza, abundancia y magnificencia para recordarnos que la libertad nace en nuestra conciencia. La adversidad tiene que manifestarse para luego morir, y es así como todo es completo.
Pero nuestra separación de la naturaleza, esa manía que tenemos de pensar que nosotros somos “nosotros” (los humanos, la raza animal más noble que haya pisado este planeta, la más inteligente, la mejor) y la naturaleza es “ella” (esa cosa salvaje donde hay árboles, monte, animales, confusión, caos) nos lleva a menudo a olvidar que todo está conectado y que eso que vemos como un mundo salvaje, como de película de aventuras, es algo a lo que estamos unidos desde que nacemos hasta que nos morimos, y no importa si vivimos en la ciudad más “civilizada” del mundo, esto siempre va a ser así.
¿Cuándo fue que nos separamos de la naturaleza? En algún momento de la Historia, el hombre comenzó a “civilizarse”, a domesticar a la naturaleza y a pensar que, porque tenía la capacidad de manipularla de alguna manera, era algo inferior a él. El hombre primitivo no podía ver que otros animales también sabían entender y relacionarse con la naturaleza para sacar provecho de ella. Comenzó a pensar que era él y sólo él, el propietario del fuego, quien dominaba el planeta y que todo aquello que le rodeaba estaba puesto ahí para servir a sus necesidades. Entonces trazó una línea de la que todavía hoy somos víctimas: la línea (imaginaria, claro) que nos separa de todo cuanto nos rodea.
Me sorprende cómo hoy hay cada vez más gente “convirtiéndose” a la religión “verde”. Hay montones de organizaciones y campañas que trabajan en función de tratar bien al planeta, de preservarlo, de ser considerados con él. No critico, por supuesto, esta intención. Pero me llama la atención el enfoque del que parte: somos tan superiores a la naturaleza que incluso tenemos la capacidad de acabar con ella. Por supuesto estamos acabando con ella, pero desde nuestra desconexión.
Y yo me pregunto ¿no tiene la naturaleza mucha más capacidad para acabar con nosotros, para borrar de un plumazo a estos “habitantes molestos” que somos, que nosotros de terminar para siempre con ella? ¿Cuánto le bastaría? ¿5 huracanes, 4 maremotos, 3 terremotos, 2 erupciones, 1 lluvia intensa por varios meses?
Veo cómo nos arrodillamos, encendemos velas a los santos, creemos en amuletos, nos ponemos calzones amarillos en el fin de año, arreglamos la casa con lo que el experto en Feng Shui nos recomienda y no salimos de casa sin leer el horóscopo, pero no somos capaces de aceptar la grandeza, energía y presencia de la naturaleza completa. No hemos captado la fuerza de nuestra conexión con ella y la necesidad de bajar la cabeza ante ella, para aprender de todas y cada una de sus leyes, de su sabiduría.
La naturaleza tiene la capacidad de desmitificar el ego, demuestra con toda amplitud que este mundo “material” no tiene cómo prevalecer sobre el espiritual. Con pequeñas cosas nos deja ver cómo ese empeño que todos tenemos de manipular las cosas a través del “conocimiento” (que no es otra cosa que nuestro apego al pasado), el “miedo” (que es simple desconocimiento), las “emociones, razones o circunstancias” (que son meras justificaciones) y el “pensamiento” (nuestra querida Ma. Cristina), en lugar de buscar nuestra unicidad en el todo, solo continúa haciéndonos repetir una y otra vez el mismo patrón de conducta.
Me llama la atención ver cómo nos sorprende cuando nos enteramos de que tal planta sirve para tratar determinada dolencia, de que una buena medicina puede venir de la naturaleza. Y resulta que, si lo analizamos con calma, pareciera que todo está puesto en este mundo de manera que se interrelacione, que lo importante es saber encontrar esas conexiones entre las cosas, que están allí, por todos lados.
Es interesante ver cómo en nuestro comportamiento diario actuamos desconociendo que somos parte de la naturaleza, de sus leyes. Y, sin embargo, apenas pasamos por una dificultad emocional o de salud, miramos hacia la naturaleza en busca de una solución, de ayuda. ¿Cuántas veces no hemos hecho un retiro a algún escenario natural, porque con ello buscamos conectarnos a la naturaleza?, ¿cuántas veces no decimos “necesito el mar” o la montaña o cualquier otro lugar en donde la naturaleza no ha sido “dominada” por el hombre, para quitarnos el estrés, para descansar, para recargar las baterías? ¿Por qué será que siempre que visitamos este tipo de lugares sentimos una conexión con algo más grande, nos sentimos mejor, nos sentimos conectados con Dios?
Muchos cristianos, judíos y musulmanes, entre otros, hacen sus oraciones varias veces durante el día, pero pocos de ellos dedican un minuto a reconocer a la naturaleza como parte de la grandeza de Dios (llámese como se llame).
¿Cuántos de nosotros comparten la energía del sol en cada amanecer?, ¿cuántos le piden permiso al río, al mar, a las montañas para transitar por ellos?, ¿cuántos interactúan con ese árbol, esa flor que constantemente nos entrega energía, vitalidad? …
…¿cuántos reconocen el intercambio de energía que se produce entre nosotros y los animales?, ¿cuántos se atreven a pensar en cómo caminar descalzos sobre el pasto, la tierra, la arena y las piedras activa aéreas en nosotros importantes para la continuidad de nuestra vida, la carga y descarga de energía? Y, por otra parte, ¿cuántos de nosotros, siendo tan prácticos, pedimos a gritos la capacidad de activar nuestra parte emocional y no nos damos cuenta que el contacto con el agua, el mero hecho de verla correr y tomarla, colabora con esa activación?, ¿cuántos sabemos que, siendo tan soñadores, trabajar con nuestras manos la tierra nos lleva a aterrizar maravillosas creaciones iniciadas en nuestros sueños?”









