La palabra amorosa: cómo favorecer la disposición lectora en tu bebé

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La palabra leer tiene su origen en el verbo latino legere, que connota la idea de recoger, cosechar, adquirir un fruto. (Sánchez Lihón. 1995). La capacidad de leer implica una actitud atenta a la información que mediante sensaciones, signos y símbolos nos ofrece todo lo cercano. La lectura en sus inicios consiste en interpretar las sensaciones, dotándolas de significado y utilidad, estas primeras interpretaciones constituyen las primeras lecturas perceptivas del mundo que nos rodea, lo que nos inicia en la capacidad de aprender.

La lectura en la inspección de lo externo se vitaliza. Los olores, las texturas, los sonidos, los sabores, las formas, los colores, el tono, las voces, los ánimos organizados de múltiples maneras. En la lectura del mundo las sensaciones se apoderan del cuerpo del niño y la niña. En una degustación de percepciones el alma se despierta, se hace sensible a esas resonancias del mundo donde nada es desconocido, sólo retornado. Porque el retorno de lo humano se realiza sobre el gran ritmo de la vida.

Podemos decir con propiedad, que las primeras lecturas son corporales y nacen de las experiencias orgánicas y sensoriales que nos cuentan el mundo próximo en sus diversos contextos: personas, espacios, tiempos y necesidades. Estas “lecturas corporales” se convierten en referencias que propician la comunicación, posibilitando la identificación y reconocimiento de sí mismo y del otro, introduciendo al bebé en un espacio de relaciones donde se implican su naturaleza biológica, psíquica y social.

La lectura desde y con el cuerpo dinamiza los saberes intrínsecos del cuerpo contenidos en la herencia genética y psíquica que supone la existencia de un vínculo entre el individuo y la humanidad. Esta capacidad de leer con el cuerpo es indispensable en el proceso de formación de un futuro lector literario sensible. El valor de la palabra está relacionado con la capacidad de sentir.

Tomando como referencia las palabras de Yolanda Reyes, investigadora colombiana sobre la formación de lectores desde la primera infancia, es el mundo humano el que brinda al bebé los textos primordiales, escritos en los cuerpos amorosos que se ofrecen como regazo. Este hecho favorece la aparición de una disposición lectora saludable, sensible, placentera, significativa. La disposición saludable a escuchar y sentir con todo el cuerpo se abre en la certeza de ser atendido, comienza a gestarse en el trato amable y generoso de la madre, padre y familiares, que lo invitan a iniciar el diálogo de piel a piel. De esta manera se va sensibilizando y orientando hacia las dimensiones del lenguaje.

El gusto por la lectura nace del gusto por la compañía y está vinculado al deseo de percibir los tiempos y las emociones que nos propone el otro en sus actos, gestos, movimientos, tono de voz, ritmos, melodías y sonidos que nos hablan de la intención de la palabra que orienta al cuerpo en su recorrido de sensaciones y reconocimientos.

La lectura del mundo a través de las sensaciones corporales vinculadas con la palabra amorosa, precede a la lectura de la palabra escrita. Todo aquello que se sienta en placer, es vital para el desarrollo de un futuro lector literario sensible. La palabra vive en los sentimientos, su espacio verdadero es el que ocupa en nuestro interior, en los recuerdos que habitan la memoria.

La palabra amorosa en el proceso de crianza se manifiesta en diversos patrones narrativos, que acunan y acompañan al niño en su experiencia de existir y de existir con otros. Muchos de estos patrones narrativos forman parte de la tradición oral, que organiza el lenguaje desde diversas estructuras, para establecer una relación afectiva y lúdica con el niño y la niña que escucha.

El propósito es que podamos compartir desde Inspirulina, en varios artículos, cómo favorecer el desarrollo progresivo de una disposición lectora, que surja del deseo y no del hábito. En nuestra próxima cita hablaremos de las palabras inaugurales que en los inicios de la vida tienden hilos que van creando un manto afectivo que entrelaza lo natural y lo cultural.



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