Las ventajas de atreverse

Hasta hace poco, pensar en Nueva York me producía sentimientos encontrados y todo dependía de si la recorrería con muletas o no. Visitarla junto a otro (mi muleta) era motivo de emoción, pero hacerlo sola se traducía casi en un ataque de ansiedad.

Y es que la Gran Manzana, con sus más de 8 millones de habitantes, cuenta con cerca del 30% de la población total de mi país (Venezuela) y yo (aunque tengo muchas cualidades) soy una de las personas con peor sentido de orientación espacial que conozco. Cuando Dios lo repartió debo haber llegado de última a la fila porque no hay GPS ni mapa que valga cuando de ubicarme en una zona desconocida se trata. Por ello, una de mis pesadillas recurrentes siempre fue perderme en una gran ciudad, y ¡vaya que NY lo es!

Por cosas de la vida, el año pasado me tocó ir sola a visitar a un amigo que vive en los confines de Queens (en una zona llamada Far Rockaway), pero para mi pesar llegué en día de semana y él debía trabajar… ¡¿Quién en su sano juicio, después de volar 8 horas de Caracas a NY, se quedaría en casa hasta las 5pm esperando a que su anfitrión volviese para que lo saquen a pasear?! ¡Pues yo!… o al menos así lo consideré con tal de no arriesgarme a que mi mayor temor se hiciera realidad: perderme.

Así pues saqué el mapa del metro tratando de agarrar bríos, pero en un primer momento no vi más que un montón de puntos con letras de colores y números explayados a lo largo de las 26 líneas de este transporte que prometían dejarme en cualquier lugar entre Queens, Brooklyn, el Bronx o Manhatan. De hecho, según el site NuevaYork.net, éste es el metro más extenso de Estados Unidos y uno de los más grandes del mundo, teniendo casi 500 paradas y más de 1000 kilómetros de vías.

Tras ese desolador dato, tenía que decidir qué hacer así que eché mano a un recurso que la mayoría conoce, pero que quizás pocos usan: la lista de “pros” y “contras”. Frente a la alternativa “quedarme en casa y esperar a que el local me pasee” sólo se me ocurría un “pro”: “no corro riesgos”; mientras que, por el contrario, un montón de “contras” me vinieron a la mente para esa opción: “me aburriré”, “desperdicio de  tiempo”, “gana el miedo”, etc. Sin embargo, las columnas se hicieron inversamente proporcionales al pensar en la opción “salir sola”… la de “pros” se llenó de motivos que me animaban a atreverme y la de “contras” sólo tenía un punto: “podría perderme”.

P1010362En casos como éste creo que uno debe aplicar 2 máximas: como dice la canción “sólo se vive una vez” y “el que no arriesga ni gana ni pierde”. Armándome de valor y repitiendo estas 2 frases en mi cabeza como un par de mantras, me fui en un largo viaje de hora y media desde Rockaway hasta Manhattan y las palabras no me alcanzan para explicarles ¡cómo disfrute esa salida!, no sólo por los nuevos lugares que visité, sino por la sensación liberadora de darme permiso de perderme y revirarle al miedo.

Las ventajas de atreverse siempre serán más que las de inhibirse a hacer cosas por temor a equivocarnos. Cuando uno se libera del miedo, se percata de que afuera hay un mundo de posibilidades esperándole.

¿Has detectado cuáles son tus miedos? ¿Te inhibes de hacer cosas por ellos?… En mi caso, el miedo a salirme de mi “zona de control” me limitó mucho en visitas anteriores, haciéndome desaprovechar las maravillas de la “ciudad que nunca duerme”. Al final de mis viajes me asaltaba la pregunta: “y si me hubiera atrevido?”. Afortunadamente, desde ese viaje en metro desde Rockaway hasta Manhattan esa pregunta no forma parte de mi bitácora de viajes y ahora mi álbum de fotos está lleno de nuevos lugares y experiencias.

Hagan la prueba. ¡Ser valiente rinde frutos!



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