Los asura y la pretensión de tenerlo todo controlado

Los asura y la pretensión de tenerlo todo controlado

La naturaleza de la creación material es dual y la evolución es generalmente el resultado de la interacción entre dos fuerzas opuestas, lo cual otorga equilibrio al mundo. Día y noche, hombre y mujer o verano e invierno representan los dos polos de la manifestación y son igual de necesarios e importantes para el funcionamiento del cosmos. En la tradición mitológica hindú tenemos a los devas y los asuras, a veces traducido como “dioses” y “demonios”, para representar el bien y el mal, pero esa interpretación puede ser demasiado simplista, ya que ambos bandos son hijos de un mismo sabio legendario, tienen poderes sobrenaturales y, en muchos casos, grandes virtudes.

De hecho, la palabra sánscrita asura está relacionada etimológicamente con el aire vital y podría traducirse como “incorpóreo” o incluso “espiritual”. A veces se traduce como “titanes” buscando equipararlos con la mitología griega o se los compara con los “ángeles caídos” de la tradición cristiana. La palabra deva, por su parte, quiere decir “brillante”.

De esta forma, la palabra asura se utiliza para referirse de forma genérica a estos seres de origen divino pero que hacen de contraparte a los devas en el desarrollo del orden cósmico. Dentro de la categoría de asuras se engloban, generalmente, diferentes tipos de seres divinos que se consideran enemigos de los devas, como los dānavas o los daityas, llegándose a incluir en ocasiones a seres considerados realmente maléficos como los rākṣasas, que son nocturnos y comen carne humana. Pero incluso en este caso extremo no se puede trazar una línea taxativa entre buenos y malos, porque el propio rey de los rākṣasas, Rāvaṇa, es de casta brahmán y gran devoto del Señor Śiva.

En realidad, la principal diferencia entre devas y asuras – en el sentido amplio del término – es que, en general, estos últimos sienten inclinación a actuar exclusivamente para su beneficio personal, sin pensar en el bien común. Eso no quita que puedan ser sabios, devotos y, sobre todo, muy determinados en su práctica ascética. De hecho, la literatura histórico-mitológica hindú está llena de relatos sobre estos asuras que realizan grandes actos de disciplina y austeridad, lo que se conoce como tapasyā, para lograr dones de los dioses. El hecho de que muchos asuras fueran grandes practicantes del yoga ascético, con la sola intención de lograr beneficios materiales y sin una búsqueda trascendente, es ya una milenaria advertencia de que la práctica espiritual, para ser realmente útil, tiene que estar enraizada en valores éticos y fines elevados.

La cuestión es que cuando, después de miles de años de penitencias, llega un importante deva a ofrecer un don de recompensa, todos los asuras piden lo mismo:

“Quiero ser inmortal”.

La respuesta del deva, también sujeto a los cambiantes ciclos de lo relativo, es siempre la misma:

“La inmortalidad no se le puede otorgar a nadie. Ni siquiera yo soy inmortal. Pide otra cosa”.

Entonces, el asura elige el don que, para él, es lo más parecido a la inmortalidad, es decir aquellas condiciones en que, según él, podrá tener todas las variables cubiertas.

Veamos un ejemplo clásico: Rāvaṇa, rey de los rākṣasas y demonio de diez cabezas, pasó diez mil años con la(s) cabeza(s) hacia abajo y los pies hacia arriba y al final de cada milenio inmolaba una cabeza en el fuego. Cuando estaba punto de ofrecer la última cabeza apareció Brahmā, el dios encargado de la creación, y a falta de inmortalidad le concedió el don de que ni los devas ni los asuras pudieran matarle. Rāvaṇa era tan soberbio que ni se le ocurrió incluir a los débiles humanos en su pedido.

Con su renovado poder, Rāvaṇa se convirtió en un tirano invencible y entonces Viṣṇu, el dios que preserva el orden del cosmos, decidió encarnarse en la Tierra en forma humana como el impecable príncipe Rāma que, después de varias vicisitudes, le da muerte en la batalla. Esta historia se narra en el Rāmāyaṇa, un famoso texto épico, amoroso y espiritual hindú.

Otro ejemplo: Cuando, debido a sus muchos años de penitencias, los devas le ofrecieron un don, el asura Tarāka pidió ser muerto únicamente por un hijo del dios Śiva, lo cual era muy improbable ya que un asceta como Śiva, rey de los yoguis que se pasa todo el día en meditación y practicando austeridades en las montañas jamás, se supone, pondría sus sentidos al servicio del acto de procrear. Una vez obtenida su virtual invulnerabilidad, Tarāka comenzó a sembrar el caos en los tres mundos.

Ante esta situación los devas emplearon diferentes estratagemas para convertir a Śiva en un hombre casado, incluyendo el envío furtivo de Kamadeva, el dios de amor, a los Himalaya. La historia es larga para contarla aquí pero el resultado final es que, contra todo pronóstico, Śiva se casó y engendró un hijo que, a la sazón, destruiría al asura.

Un ejemplo más, que estas historias son atrapantes: Hiraṇyakaśipu pertenecía a una prominente familia de asuras y gracias a sus penitencias había obtenido el rebuscado don de no ser matado “ni de día ni de noche, ni dentro ni fuera, ni por asuras ni devas ni hombres ni animales, ni en el cielo ni en la tierra, ni por un arma animada ni tampoco inanimada”. Con su deseo concedido Hiraṇyakaśipu se convirtió en un azote para el universo, aunque el destino quiso que uno de sus hijos, el joven Prahlāda, le saliera muy devoto del dios Viṣṇu por haber escuchado las enseñanzas de un sabio cuando estaba todavía en el vientre materno.

¿Qué peor tormento puede haber para un asura que su propio hijo sea piadoso? Teniendo en cuenta que su hijo avergonzaba el linaje familiar, Hiraṇyakaśipu se dedicó de forma implacable a convertirlo en un demonio hecho y derecho, pero el único interés de Prahlāda era adorar a Viṣṇu. Esto enfureció tanto a su padre que lo intentó matar de diferentes y crueles maneras, aunque protegido por la gracia divina el muchacho siempre salía indemne. Finalmente, harto de su hijo, el demonio señaló una columna preguntando si “su Señor”, que es tan poderoso y omnipresente, también estaba en ese objeto inanimado. Prahlāda respondió afirmativamente, lo cual desató la ira absoluta del asura y en ese momento, de la columna, surgió Narasiṃha, una encarnación divina del propio Viṣṇu, que es mitad hombre y mitad león, una opción que Hiraṇyakaśipu no había contemplado.

Narasiṃha entonces agarró al asura justo en el umbral de la casa – “ni dentro ni fuera” -; exactamente en el momento del crepúsculo – “ni día ni noche” -; lo colocó en sus rodillas – “ni en la tierra ni en el aire” -; y con sus garras, que no son exactamente un arma y además no están ni vivas ni muertas, le desgarró las entrañas y lo mató.

La conclusión más obvia de todos estos relatos es que puedes usar cremas antiarrugas, criogenizarte, hacer mucho yoga o tomar zumos de col kale cada día, pero no podrás escapar a la muerte física. Hilando más fino, la moraleja que más me interesa hoy tiene que ver con esa difundida ambición que todos tenemos por controlarlo todo. Y controlarlo todo no significa únicamente decirle a los demás qué tienen que hacer, sino querer cubrir todas las variables. Por eso las compañías de seguros son tan prósperas.

“Cuando acabe este proyecto, entonces estaré satisfecho”. “Si gano más dinero, entonces estaré tranquilo”. “En cuanto se me pase este resfriado empezaré a disfrutar”. “Cuando llegue el verano descansaré”. Vivimos con la ilusión de que cuando todo esté acomodado según nuestros intereses, entonces todo estará bien. Sin embargo, los hechos nos muestran, una y otra vez, que nuestros planes individuales son apenas unos bosquejos que la vida va reescribiendo a cada paso. Sin duda, una de las principales causas de sufrimiento de todas las personas es que las cosas no salgan como queremos. Aceptar que las cosas pueden salir diferente es una cualidad de los devas. No aceptarlo es de asuras.

La gran enseñanza de la Bhagavad Gītā es, dicho con mis palabras, que uno debe siempre hacer lo mejor que puede, a la vez que soltando la intención de controlar el resultado. Si nos focalizamos en los resultados siempre vamos a sufrir porque, como ya hemos experimentado muchas veces, la realidad en general no condice con nuestros deseos o expectativas. La aceptación (que no resignación), la flexibilidad mental y la confianza en cierto ordenamiento cósmico son todo lo contrario de la vana pretensión de querer controlarlo todo.

Antes de irnos, una historia más: el asura en cuestión se llamaba Bhasmāsura, que significa “el de las cenizas”, pues el don que le pidió al dios Śiva fue el de reducir a cenizas a cualquier ser que él tocará en la cabeza con su mano. Al darse cuenta de su poder y ser capaz de aniquilar cualquier entidad viviente, Bhasmāsura se vio tentado a tocar la cabeza del propio Śiva y así tomar su lugar en los planos celestiales. La historia cuenta que Śiva tuvo que escapar hasta llegar a la morada de Viṣṇu para pedir ayuda.

El dios Viṣṇu, experto en mantener el equilibrio del mundo, tomó la forma de Mohinī, una encantadora y sensual mujer, cuya divina belleza dejó embelesado al demonio. Entonces Mohinī comenzó a bailar, instando a Bhasmāsura a seguir sus movimientos y cuentan que el asura, preso de la lujuria, se contorneaba dócilmente, imitando los sugerentes pasos de la mujer. En un momento dado Mohinī llevó las manos al cielo y después de dibujar unos arabescos en el aire con sus muñecas, se tocó delicadamente la cabeza con su mano derecha. Bhasmāsura, con la mente obnubilada por el deseo, también llevó la mano hacia su cabeza y, en ese mismo instante, se convirtió en ceniza.

Aquél que quería controlarlo todo fue, a la sazón, la causa de su propia muerte. Aquellos que son capaces de soltar, en cambio, están más cerca de la libertad. Que es lo mismo que la inmortalidad.



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