Meditación cristiana: Antídoto contra la soledad

Les suena extraño y contradictorio, que a pesar de que la Meditación Cristiana se practique en soledad, les diga que puede ser antídoto contra la soledad.

Pues sí, a partir de ella aprendemos, sin darnos cuenta, a relacionarnos con los otros.

La práctica disciplinada y consecuente de la meditación me lleva a contactarme con mi propia realidad y voy adquiriendo una confianza existencial que me permite ir hacia los demás y conocerlos tal como son, sin sentir la amenaza que me ocasiona la individualidad del otro.

La búsqueda permanente de mi autoafirmación, con el tiempo y en forma inconsciente es sustituida por la búsqueda del amor. Esto no es otra cosa que buscar y aceptar la realidad del otro. Paradójicamente, es ahí donde descubro mi propia existencia: enriquecida y profundizada (Main, John. The heart of Creation, Darton, Longman and Todd, 1988; Crossroad, 1988).

Pero, ¡ya lo sabemos!

La meditación es demandante

Debo meditar me guste o no, llueva o truene, independiente de cómo me sienta ese día, o a pesar de programas más atractivos que se me presenten. En la meditación hago exactamente lo que Jesús me enseña en el Evangelio para encontrar mi vida, prepararme para perderla. Perderla significa salir de esa zona de aparente comodidad y de seguridad en la que creo vivir y lanzarme a las profundidades de Dios: sin miedo, porque ahí no estaré sola. ¡Dios-Padre está esperándome!

Para llegar a esa presencia debo aprender a permanecer en silencio y a ser humilde.

La meditación es una disciplina

En ella soy el alumno en busca del Maestro; encontrarlo requiere que yo permanezca totalmente presente en el ahora, es decir en el momento eterno de Dios. La quietud y la repetición del mantra MA-RA-NA-THA con disciplina, fidelidad y amor me van conduciendo al don que Dios me tiene preparado en mi corazón.



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