Meditación cristiana: individual y en grupo

Siempre les resalto que la meditación cristiana es muy simple, en ella no hay que manejar teorías ni técnicas complicadas, eso sí, hay que ser fiel a lo simple y al compromiso adquirido y disciplinado. Todos los que empezamos a meditar, con poco o exagerado entusiasmo, inevitablemente nos damos cuenta que el entusiasmo es efímero y se disipa. Comenzamos y paramos en repetidas ocasiones, en general nos toma tiempo, a veces años, adquirir la disciplina básica de la meditación diaria individual.

La mejor ayuda para superar esta resistencia inicial y poder perseverar es integrarse a un grupo de meditación. El legado especial de la vida y enseñanza de John Main es el crecimiento de pequeños grupos de Meditación Cristiana con encuentros semanales en más de 60 países alrededor del mundo en lugares definidos que pueden ser casas particulares, iglesias, prisiones,  hospitales, lugares de trabajo, escuelas.

Estos grupos de meditación semanal crean un lazo espiritual entre los participantes que va alimentando el interés mutuo. El corazón del grupo de meditación es compartir el silencio. El poder y la fuerza de meditar juntos viene de las palabras de Jesús: “Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Es verdad que nadie puede meditar por nosotros, lo hacemos solos todos los días, pero sin lugar a dudas el viaje se facilita cuando se hace con otros que nos dan el apoyo para perseverar.

El formato del grupo es simple y la duración de la reunión no debe pasar de una hora con tres momentos esenciales: 1. Un tiempo para la enseñanza (lectura, grabación o conferencia corta) 2. Media hora (30 min) de meditación en silencio  3. Un tiempo final para preguntas o comentarios compartidos.

El grupo tiene un líder, es un meditador común como cualquier otra persona, no tiene el rol de experto, solo comparte su Fe y acepta la responsabilidad y el compromiso en nombre del grupo de mantener el formato de la reunión; provee las lecturas y dirige las preguntas o el compartir. El líder debe tener el compromiso personal con la meditación como es enseñada en la Comunidad Mundial para la Meditación Cristiana. El tamaño del grupo no tiene importancia. Dos o tres meditadores fieles hacen un buen grupo. El lugar de reunión debe ser silencioso, de tamaño adecuado para el número de participantes: durante la meditación se va a transformar en un lugar sagrado, una mesa pequeña con iconos de Jesús o la Virgen, una velita encendida y sillas cómodas de respaldar recto. Si el grupo es nuevo puede empezar meditando 20 min e ir aumentando gradualmente hasta llegar a 25-30 min. El líder u otro miembro del grupo asignado será el responsable de tomar el tiempo de la meditación con un sonido de campana o cronómetro.

Lo primero que aprecié al iniciarme en un grupo de meditación es que en él se crea comunidad, sentí que se iba integrando en mi vida y que a la vez yo me integraba en la vida del grupo, por eso lo consideré valioso y enriquecedor. Lo mismo ha sucedido desde los primeros tiempos del cristianismo  -en la pequeña Iglesia de Jerusalén- que se formó después de la muerte y resurrección de Jesús. En el grupo todos aprendemos y enseñamos a la vez. Es decir que su ambiente va a permitir a cada principiante iniciarse en la meditación, por lo que personas nuevas pueden integrarse en cualquier momento, sin alterar para nada la dinámica del grupo. Se comparten el apoyo y ejemplo de los demás que refuerzan la propia decisión, se van superando los altos y bajos del proceso, equilibrando la armonía personal. En líneas generales, por medio de esta meditación individual realizada en grupo transitamos el camino del amor, de la humildad, de la oración del corazón en comunidad.

 



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