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Mujeres: entre el altruismo y el merecimiento

Mujeres: entre el altruismo y el merecimiento

De acuerdo con la UNESCO, las mujeres representan el 50 % de la población activa; realizan las dos terceras partes de las horas del trabajo; reciben una décima parte del ingreso mundial, y poseen menos de una centésima parte de las propiedades inmobiliarias. Lo sorprendente de esto es que no hay ningún tipo de leyes que sustenten estas diferencias, por lo que la exclusión de la mujer en las decisiones financieras se produce por su propia voluntad. Esta semana hablaremos sobre el rol de la mujer en el dinero, moviéndose entre el altruismo y el merecimiento.

Altruismo: si todos están bien, yo estoy bien

Casi todos venimos de una familia donde tuvimos una madre que vivió la familia desde la abnegación. Su mayor placer fue vivir para nosotros, e incluso llegó a vivir su rol de madre desde el sacrificio. Esta forma de crianza se ha mantenido de generación en generación, al punto de considerarse “mala madre” aquella que elija darle prioridad a su bienestar, o tan siquiera pedir un tiempo para ella. El altruismo parece ser, según etiquetas sociales, un rol natural de ser mujer.

En el terreno del dinero, es mucho más evidente el tema. De acuerdo con la mercadóloga mexicana Ana María Olabuenaga, las mujeres toman el 85 % de las decisiones de compra a nivel mundial, pero a su vez es capaz de sacar sus productos personales de la cesta, si el dinero no alcanza para las compras familiares. De acuerdo con la psicóloga argentina Clara Coria, la “reina de la casa” elige voluntariamente el rol de gestora de los gastos del hogar (gestión de la escasez), dejándole al marido las decisiones de vacaciones e inversiones (gestión de la abundancia).

Merecimiento: puedo hacer lo mismo por menos

Si bien es cierto que hoy día contamos con organizaciones feministas y leyes que incentivan la igualdad de géneros en oportunidades laborales, también es cierto que las mujeres están abiertas y dispuestas a realizar el mismo trabajo que los hombres, pero no son capaces de negociar un salario similar. Al preguntársele a muchas acerca de este comportamiento, la respuesta es “no quiero quedar como interesada” o “tenía miedo de que no me fueran a contratar”.

La economista Linda Babcock indica en su libro Si lo quieres, pídelo, que las mujeres negocian en promedio un salario 25 % menor que el que negocian los hombres para el mismo puesto. Una vez dentro de una organización, el efecto compuesto de aumentos de salarios basados en porcentajes va haciendo esta brecha de ingresos cada vez más grande. Incluso en caso de que una mujer sustituya a un colega hombre en un cargo, le dará “pena” pedir un ajuste salarial que la equilibre con el salario del colega a quien está sustituyendo.

La divergencia amor-dinero

En el caso de los profesionales independientes, uno de los patrones más evidentes está en las diferencias de honorarios que establecen. Los hombres no tienen problemas en negociar sus honorarios, comprendiendo que el dinero es retribución normal de sus servicios. En el caso de las mujeres, sus honorarios suelen ser más bajos porque les genera culpa cobrar, argumentando que hacen su trabajo “por amor”. ¿Acaso el profesional masculino no trabaja también por amor? ¿Dónde aprendimos que el amor y el dinero no pueden ir de la mano? ¿Creemos que ser las más baratas nos convierte en las más valiosas?

Esta y muchas otras confusiones son las que dejan a las mujeres vulnerables económicamente y por voluntad propia. Pero todo ello es el resultado de programaciones limitantes y esquivas con respecto al dinero, viéndolo como “una cosa de hombres”.

Cuando las mujeres entendamos que la obtención, gestión y multiplicación del dinero es parte de nuestro bienestar y el de nuestras familias, comenzaremos a relacionarnos conscientemente con este como un canal de amor propio, familiar y social.

Recuerda que el dinero es una energía neutra, y cada vez que lo esquivas, lo ignoras o lo abandonas, este terminará en manos de personas avaras que destruyen el planeta. Es tu decisión si eliges seguir alimentando el desequilibrio o eliges formar parte de la sanación.



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