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No expectations

No expectations

Fue la frase con la que me rescaté esta mañana cuando iba de camino a llevar a mis hijas a la escuela. Me vino en inglés porque en la ciudad donde vivo se pasa del inglés al español con tanta facilidad que pareciera que ambos idiomas son parte de un mismo lenguaje, mucho más amplio y abarcador. Me repetía como un mal mantra varias ideas, bastante desalentadoras, sobre el curso que comenzaré en unas semanas. Esto, como todo lo nuevo y que además implica un cambio, se había apoderado de gran parte de mis pensamientos. Y allí andaba yo, rumiando preocupaciones y volcada al futuro, anticipando situaciones difíciles y proyectando mis dudas. Así que me bastó esta frase contundente para romper con este circulo vicioso y pernicioso de la mente.

Me considero una persona espiritual; practico, o lo intento casi todo el tiempo, mantenerme en contacto con mi Ser. Creo en el vínculo interior de mí hacia lo otro y de lo otro hacia mí; creo que todo y todos estamos interconectados a una misma y única esencia de vida; lo siento y lo vivo mas allá de la razón. Las experiencias que nos sacan de nuestra zona de confort nos ayudan a darnos cuenta de cuánto hemos avanzado y cuánto podemos avanzar aún en el camino de la espiritualidad con todo lo bueno que ello implica.

Me sentí muy bien con la actitud de reducir mis expectativas y quedarme con la certeza de que estoy con Dios y me tengo a mí para solucionar y superar todo lo que el futuro me depare. Todo cuanto viva me hará crecer. Tengo una profunda fe en la vida y sus planes por un lado, y del otro, en mí y mis recursos.

Unas horas más tarde estaba muy a gusto conversando en  un desayuno con unas amigas. Al rato de comenzar la plática, una de ellas comentaba la desilusión que sentía porque había esperado una respuesta más cercana y cálida de un grupo nuevo que venía conociendo, para que este participara en los eventos que ella organiza.  Me regresé directo y sin escala a pensar otra vez en las expectativas y todas las tristezas asociadas cuando estas no se cumplen.

Nuestras elevadas expectativas sobre eventos, experiencias y personas nos llevan  casi siempre y de manera irremediable a pasarla mal, en especial cuando la realidad se queda bastante por debajo de lo que habíamos deseado. Cuando esperamos demasiado, pasamos de manera inconsciente a anticipar el futuro y allí, la mayoría de las veces, nos espera la incertidumbre. Se nos disparan las angustias y se regocija el ego, alimentando la sensación de estar solos a nuestra suerte, que casi seguro nos parecerá muy mala, aumentando nuestra sensación de desamparo y la desilusión.

Sería más recomendable tener expectativas con cierta dosis de realismo que nos ayuden a vivir en el presente, vivir un día  a la vez, cada día con lo que trae y lo que toca, con gratitud y aceptación. Si vas a esperar, espera lo mejor de ti que quedará expuesto en cada experiencia de la vida. Las lecciones aprendidas en cada paso del camino nos han convertido en la persona que somos hoy. Porque la vida es nuestro mejor gurú.

Al final será regresar a lo básico: encontrar el equilibrio. Ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre. Otra de mis certezas de vida es que todo lo que está en equilibrio está bien. Cuando digo está bien voy mas allá de cualquier juicio moral, significa que nos hace sentir bien, contribuye a nuestro bienestar.

Tener expectativas es muy humano, como tantas otras cosas que también son muy humanas y no por ello nos hacen más felices o ni tan siquiera nos ayudan a sentirnos bien. Creo que a todos nos vendría bien comenzar a reconocer aquellas actitudes,  hábitos y trampas del ego que nos impiden vivir en el ahora, limitando nuestro bienestar y crecimiento interior.  La buena noticia es que darnos cuenta es el primer paso para cambiar aquello que no nos hace bien y avanzar en el camino al encuentro con uno mismo. Porque tú eres lo más importante y tu vida es tuya.



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