Ocho reglas para comer mejor

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Si comparamos a dos personas: una que posee un sueldo fijo y estable desde hace varios años (por ejemplo un cocinero de un restaurante), versus otra que obtiene sus ingresos de contrataciones temporales (por ejemplo un cocinero con su propia empresa de catering). Es fácil predecir que en el caso de que ambos se encuentren un billete de 100, el primero se dará un lujo (por ejemplo invitar a su esposa a cenar) ya que se ha acostumbrado a gastar en función de lo que gana regularmente, mientras que el segundo los guardará porque no tiene certeza de cual es el momento en que volverá a tener ingresos y en ese caso es mejor guardar “lo que caiga”. Igual actúa el metabolismo humano: aquella persona que desayuna con regularidad (el cocinero de restaurante) suele tomar lo que necesita y desechar lo que sobra, mientras que quien no desayuna (el del catering) ahorra “por si acaso” una parte del desayuno de media mañana ya que no sabe si después vendrá más comida. Más perverso aún, cuando alguien se levanta (luego de horas sin comer), necesita calorías de inmediato. A falta de ellas, el cuerpo comienza a “quemar” aquello que es fácil de metabolizar en energía… y lo más inmediato son los colágenos.

Por lo tanto dos consecuencias, de muchas, que tiene no desayunar, son quizás las menos deseadas: la gente envejece más rápido y engorda con más facilidad. Es sencillo, ¡desayune!

II

Una madre se levanta a las cinco de la mañana, luego de preparar la vianda de los muchachos y despedirlos, se dispone a desayunar. Son pocos los minutos que le quedan, la oficina espera. Con tan pocos minutos sólo queda la posibilidad de prepararse un bocado fácil, como por ejemplo arepa o sándwich. Por ociosidad anota cada mañana lo que desayuna y luego de seis meses descubre para su asombro (y tristeza) que  siempre se pasea entre los mismos tres o cuatro platos mañaneros (casualmente todos carbohidratos). Los siglos conquistaron el placer de comer y la rutina nos devolvió a la prehistoria de la rutina gastronómica. Basta con sentarse un momento a pensar cual fue la comida de hoy y sobre todo pensar que me gustaría comer mañana para no repetir, y de manera natural comenzamos a variar los grupos alimenticios. Sin notarlo, nos encontramos en la tarde entrando a la bodega camino a casa para comprar una fruta o cocinando una omelet en la noche para recalentarla en la mañana ¿Qué comió usted hoy?. ¿Qué comerá mañana?

III

A un ingeniero le piden que diseñe un carro para ser vendido a habitantes del polo norte. El carro es una maravilla pero él es despedido. Cometió el error de colocarle aire acondicionado, ¡millones de dólares perdidos en diseñar y agregar una parte que jamás será usada! Igual problema tendría Dios si nos hubiese vuelto hábiles para procesar grasas saturadas (generalmente las provenientes de grasas animales), ya que su consumo masivo apenas tiene doscientos años. Casi nadie las consumía de manera regular. Ni un hombre en sus primeros estadios de evolución se daba el lujo de cazar todos los días, ni un campesino de hoy mataría la única vaca que posee, o las gallinas que le dan huevo. Históricamente consumimos grasas (fundamentales para la vida) provenientes de granos (maíz), nueces (maní), semillas (ajonjolí) o frutos (aceituna) y en eso la evolución fue sabia en extremo: nos construyo una fábrica interna impecable para procesarlas. En dos palabras, cuando consumimos grasas de origen animal el cuerpo no sabe bien que hacer con ellas… ¡y de paso éstas son sólidas a la temperatura del cuerpo humano! Tomando en cuenta que una persona urbana comete la locura suicida de comer carne tres veces al día (recuerde que sándwich o cachito de jamón contiene carne), una solución obvia es reducir la ingesta de grasas saturadas (¡el pescado es grasa no saturada!) y otra medida inteligente es comerlas siempre acompañadas de grasas no saturadas. Es sencillo, la próxima vez que se coma una milanesa con puré, recuerde que esa grasa de la carne de res espera ansiosa una ensaladita con aceite de oliva.

IV

¡Hija no coma arroz, mire que eso engorda! Ella la mira incrédula: su novio es chino, flaquito y come el arroz en cantidad. Los carbohidratos (azúcares, almidones y alcoholes) son esenciales para la vida, ya que hay funciones corporales que necesitan energía rápida por no poder darse el lujo de esperar por ella, por ejemplo el latido del corazón, como si podrían esperar otras (el crecimiento de las uñas). Son tan necesarias que de alguna manera somos adictos a esa energía. Eso hace que nos abalancemos sobre ella cuando sobra, lo que ha hecho que hayamos pasado de consumir hace doscientos años medio kilo de azúcar anual, a consumir hoy en día un kilo semanal. El arroz y el azúcar no engordan, lo que engorda es no parar de comerlos. Pensemos por ejemplo en un almuerzo típico: carne con arroz, plátano, un trocito de pan con mantequilla y un vaso de gaseosa. ¡4 carbohidratos y dos grasas saturadas!… simplemente un suicidio. Está probado que quien acompaña simultáneamente carbohidratos con una fibra (vegetales, granos, afrechos, etc.) logra reducir considerablemente la subida de azúcar al metabolizarlos. El chino novio de nuestra amiga no engorda porque en lugar de acompañar el arroz con otro carbohidrato (plátano), lo hace con una fibra (arroz chino salteado con vegetales y soya). No se angustie, no es cuestión de dejar de comerse el plato de carne ¡pero por favor no olvide unos granos, los vegetales y una ensalada!

V

Él se pasea por la sección de comida para perros con mirada escrutadora y una calculadora en la mano. Luego de pasar un rato comparando precios y calidades, se decide por una bolsa algo costosa. A su tradicional cautela ahorrativa, le ha ganado la necesidad de asegurarle a Canela la comida que posea el balance veterinariamente recomendado de nutrientes para un can de su tamaño y pedigrí. Una vez que llega a casa anuncia a viva voz el hallazgo, pretendiendo que Canela le entienda, y completa el festín con un par de cucharadas de aceite de oliva sobre la monótona comida perruna para asegurarle un pelo brillante. Con satisfacción observa por varios minutos como el animal aprueba goloso el cambio. Él ama a Canela. Él cuida a Canela. Una vez alimentado el perro, oye el televisor. Su hijo de doce años está viéndolo ¿hiciste la tarea mi amor? Si papi ¿Comiste? Si papi. Un beso en la frente del chico cierra la escena.

Somos la generación que cuida más lo que comen nuestros perros que lo comen nuestros hijos. Son los hijos a los que todas las mañanas les mandamos lo mismo en la lonchera. Los hijos que llegan a casa a las 3 de la tarde y ningún adulto supervisa el asalto que hacen a la alacena y a la nevera. Los hijos que comen en familia sólo una vez a la semana. Los hijos que premiamos con comida rápida para justificar nuestra falta de imaginación a la hora de idear un plan de salida con ellos. Los hijos a los que les cocinamos un menú diferente porqué son maniáticos y así por lo menos comen algo. Son los hijos del descuido.

¿No le gustan los vegetales? ¡Lícuelos y agréguelos a la carne molida! ¿Les aburre cenar con usted? ¡Juegue con ellos al terminar! … por favor, trabaje por ellos; lo merecen tanto como Canela.

VI

Ya hablamos de la necesidad de romper con la monotonía gastronómica, como herramienta para garantizar el consumo semanal de todos los grupos alimenticios fundamentales para la vida. Planteamos hacerlo de manera consciente, planificando las comidas de mañana en función de las de hoy. No es la única herramienta poderosa para lograrlo: ¡recuerde la seducción!

No vuelva a comer solo. Asegúrese un ser apreciado a su lado en esos momentos ¿Come a solas su vianda en la oficina?… invite a un compañero. ¿Pica la cena mientras ve televisión?… invite a su compañera a comer en la cama con usted. ¿Desayuna cualquier cosa en la panadería? … convide a un amigo en el trabajo. ¿Vive solo pero una señora le hace la comida?… coma con ella.

Este es un ejercicio realmente sencillo de implementar, pero muy poderoso en sus consecuencias, ya que lo encaminara en una ruta en donde es difícil ser monótono. De repente se encontrará compartiendo las viandas de otros, inventando algo nuevo para no repetir, comprando lo que a ella le gusta.

VII

Cuando una persona cena antipastos italianos, come una pasta napolitana, o se da un festín libanés de cremas, panes y tabule; hace una locura a los ojos de muchos: ¡Es vegetariana!

Un buen potaje de lentejas es vegetariano. Una sensual alcachofa con velas y vino, es vegetariana. Una tortilla de papas obviamente es vegetariana. Una fondue de atractivo queso derretido con los hijos, es vegetariano. Una ensalada César con crujientes de casabe empapados en queso parmesano rallado, es vegetariana. Nos han hecho creer que comer vegetariano es sinónimo de un mundo triste y desabrido representado en unos brócolis hervidos. Nos han dicho que vegetarianas son las vacas.

Ya que comemos sumidos en la vorágine de los excesos de la modernidad, no nos vendría nada mal retomar la anónima máxima de comenzar el día como un rey y culminarlo cenando como un mendigo. Cenar vegetariano es fácil, atractivo y sobre todo… divertido.

VIII

Hay una cruel caricatura de Mafalda (personaje creado por Quino) en donde la mamá momentáneamente se burla de una maestra que creyó que ella iba a ser una buena pianista. Pasado un rato se da cuenta que en realidad la rutina y la vida la despojaron de su sueño de ser música, y derrotada, nos mira en el último cuadro. Así somos con el deporte.

“Aquí donde me ves, hace unos años yo nadaba 20 piscinas”. “Aquí donde me ves, la gente se quedaba loca cuando me veía en la bicicleta”. Frases que no se alejan en nada a las de la mamá de la mítica sopofóbica argentina.

En un mundo urbano que se empecina en quitarnos las famosas ocho horas de ocio que nuestras maestras de primaria aseveraban como dogma de fe, quizás una caminata de una hora, una visita al gimnasio o un reencuentro con aquella vieja piscina, termine por ser un primer paso en una lucha personal por recuperar tiempos perdidos de ocio y soledad. La pertinencia de hacer algún tipo de ejercicio, en simultaneidad con hábitos alimenticios correctos, es materia que con seguridad usted y yo, querido lector, sabemos y entendemos con creces. Es cuestión de rebelarse, de romper el vicioso círculo, de pensar en nosotros y no en el azar por un ratito.