Padres autoritarios, permisivos o democráticos

Padres autoritarios, permisivos o democráticos

Sin duda, la mayoría de los padres y las madres deseamos el bien para nuestros hijos, y apostamos por el modo en que los criamos convencidos de que es el mejor. Generalmente recurrimos a lo aprendido de nuestros padres, abuelos, bisabuelos… a lo largo de una cadena de transmisión de creencias y mitologías que colocan a los niños como seres básicamente instintivos, salvajes y sin ningún tipo de control. De allí se desprende que el rol de padres debe asumirse como el de una especie de policías que imponen control a “pequeños monstruos” quienes deben encajar dentro de las exigencias de una sociedad que dicta unos parámetros incuestionables.

Antonio Pignatiello, psicoanalista, investigador y profesor de la Universidad Central de Venezuela, afirma que estas creencias resultan totalmente falsas, vistas desde la perspectiva de los propios niños, quienes a lo largo de su desarrollo y frente al mundo amplio y desconocido que encuentran al nacer, y que muchas veces les resulta incierto y angustiante, siempre están buscando por sí mismos aquello que los oriente. De modo que deberíamos imponer menos ritmos, normas y parámetros externos y confiar más en las capacidades intrínsecas y habilidades innatas de los pequeños para autorregularse, co-producir, crear y construir progresivamente, el modo en que enfrentan, asimilan, se adaptan o modifican el mundo al que pertenecen.

Aclara Pignatiello, que si educamos bajo el entendido de que otro debe controlar, terminaremos por echar al mundo individuos dependientes de la autoridad de los demás e incapaces de ser autónomos para decidir. Y tiene mucha razón. Si queremos hijos que obedezcan ciegamente nuestra voluntad y autoridad, no podemos esperar que lleguen a ser adultos con criterio para tomar sus propias decisiones. Una cosa es el niño respetuoso, consciente y empático, y otra muy distinta el niño obediente y sumiso.

Ciertamente a los padres nos toca ejercer una tarea compleja que nadie nos enseñó a llevar a cabo. Bien lo explica Pignatiello cuando señala que no todo en la crianza de los humanos se regula con el instinto como ocurre con los monos o con los pajaritos. A los padres nos corresponde la difícil tarea de transmitirle a nuestros hijos una cultura cada vez más distanciada de nuestros instintos. El profesor y psicoanalista explica, que en esta compleja tarea, surge la angustia de los padres quienes sienten que tienen que hacerlo bien. Y es justamente esa angustia una de las trampas que nos mantiene en el sistema autoritario e impositivo de crianza. Los padres terminamos por creer que la salida más fácil para cuidarse de los peligros que nos hace ver la misma angustia, es controlar, reprimir, intervenir drástica o violentamente, porque se cree que es lo mejor para el niño y se piensa, que de no hacerlo, crearíamos monstruos malcriados, incapaces de respetar a nadie y que al no imponernos sobre los pequeños, el único resultado posible es el caos y el libertinaje.

Pero resulta que no es así, que existe una tercera opción, ni autoritaria, ni “permisiva”. Nos referimos al estilo democrático y flexible de crianza donde el énfasis no se pone en hacer valer la autoridad sino en comprender cómo el niño valora una determinada realidad y crear la posibilidad de diálogo. Pignatiello indica que una de las claves para lograrlo consiste en una actitud más relajada, menos rígida, dejando de lado la angustia de asumir la crianza como la imposición de objetivos a cumplir y entendiéndola como una grata experiencia de encuentro humano. Algo más o menos parecido a lo que hacen muchos abuelos con sus nietos y que en su momento no experimentaron con sus propios hijos, porque la angustia de hacerlo bien, les arrebató la posibilidad de disfrutarlos.



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