Reinicio escolar: no permitamos que los niños sufran

“Cualquier cosa que provoque dolor en los niños es una pésima estrategia de crianza” Felipe Lecannelier

Hay cosas que por principio ético no se hacen, sea que den el resultado esperado o no. Pegarle a un niño para modificar un comportamiento no deseado, dejar a un niño reventándose en llanto para que duerma toda la noche sin molestar a los padres o para que no se “malcríe” o para que se acostumbre a quedarse en la escuela, son abusos naturalizados socialmente, que se cometen con mucha frecuencia.

En  el escenario del reinicio escolar brotan raudales de llanto y el sufrimiento por parte de niños forzados a quedarse en la escuela o guardería sin que respetemos sus tiempos ni sus necesidades, obligados a plegarse a la comodidad de un mundo adultocentrista que establece sus propias prioridades en detrimento de las necesidades biológicas y afectivas infantiles. Un mundo de adultos carentes de sensibilidad y de disposición para asegurar los medios necesarios que consoliden una transición suave, respetuosa y amable para nuestros pequeños.

La ocasión es auspiciosa para detenernos a reflexionar y poner sobre la palestra el neurálgico asunto de la carencia de periodos idóneos de integración o adaptación escolar. Es hora de comenzar a indagar sobre lo que nuestros chiquitines están sintiendo. Hagamos el esfuerzo de establecer conexión con su alma infantil y entender cómo registran emocionalmente el inicio de la experiencia escolar desprendidos de su hogar y del contacto con su figura o figuras de apego principales para ingresar a una institución bajo el cuidado de personas desconocidas, con horarios y rutinas nuevas, basadas en exigencias desmedidas, alejadas de las necesidades naturales y propias de su momento evolutivo, donde además deben soportar la experiencia sufriente de separación, sin un proceso previo, adecuado, real y cabal de integración.

El período de adaptación escolar debería constituirse en una norma, y debería contemplar un proceso que ayude realmente a los pequeños a digerir amablemente la experiencia de la escolarización. Darles el tiempo que sea necesario con la presencia o en compañía de alguno de sus padres o de un familiar en el que el niño confíe dentro del aula y llevárselo más temprano si es necesario, hasta que progresivamente se quede tranquilo en la escuela, permitir que los padres ingresen al aula toda vez que el niño lo requiera, entre otras medidas, resulta crítico para elaborar la experiencia de integración, sin violencia. Se trata de tomar en cuenta y establecer como prioritarias las necesidades auténticas de niños que se encuentran aún en una etapa de desarrollo en la que no dominan por completo el lenguaje verbal, en la que no han desarrollado la noción del tiempo y no saben diferenciar cuatro u ocho horas, durante las cuales deben separase de sus padres, de una vida entera. Niños que están acostumbrados a convivir en un ambiente familiar, a unas edades cuyo principal requerimiento es el de vincularse con una figura de apego que sepa interpretar y responder de inmediato sus necesidades, y que de pronto llegan a un lugar físico desconocido, donde se convierten en uno más entre muchos desconocidos sin la madurez cognitiva ni emocional para digerirlo.

Salvo contadas excepciones, ni las instituciones escolares, ni las leyes de protección a la infancia, ni la mayoría de padres y madres están conscientes de la importancia que entraña para el desarrollo de la salud física y emocional de los niños, establecer un correcto y cabal proceso de integración escolar, amable y respetuoso con sus necesidades.

La psicóloga infantojuvenil Gladys Michelena, pionera y asesora en creación e implementación de períodos de integración escolar en preescolares de Venezuela, plantea la siguiente pregunta, “si se supone que los preescolares deberían ser lugares adaptados a sus necesidades, ¿por qué los niños tienen que llorar cuando ingresan?”. Eso, queridos adultos, es justamente lo que permitimos que pase. En la mayoría de los casos dejamos a los pequeños reventándose en llanto hasta que se cansan y no les queda más remedio que resignarse, condenados a pasar por mucho miedo, desamparo, mucha angustia de separación, sin que repararemos que, para ellos, esta situación es vivida como una experiencia con una carga violenta importante, es decir, su primera experiencia de violencia escolar.

Y es que las guarderías y preescolares no han sido diseñados para cubrir las auténticas necesidades de los pequeños. Han sido pensados como elementos del engranaje de un sistema productivo que exige a los adultos salir a trabajar y dejar (en algunos casos, literalmente depositar) a los pequeños en lugares institucionales creados con presupuestos que no cubren los requerimientos de infraestructura, calidad y cantidad de servicios y de profesionales que cubran las verdaderas necesidades de los niños. Esto tiene que cambiar y el cambio depende de cada uno de nosotros.



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