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Sin permiso de mi marido

“¿Y tu esposo te deja hacer eso?”. Hace unos días, escuché esta interrogante en una conversación de dos mujeres que seguro tienen menos de 40 años, es decir, fueron educadas bajo los cánones de libertad e igualdad de género de finales del siglo XX y principios del XXI.

La respuesta me dejó más sorprendida aún: “bueno, tú sabes, yo me hago la loca, lo manipulo y logro que me deje”.

Confieso que me contuve para no intervenir con la única pregunta que retumbaba en mi cerebro: ¿Acaso eres su hija o su empleada? Porque creo que solo en una relación desigual, es decir, en la que el otro es superior a mí, yo debo pedir permiso para hacer algo que necesito, me interesa o me provoca.

Lo más grave es que en todos los estratos sociales del mundo occidental, en especial de Latinoamérica, hay mujeres cuyas vidas están supeditadas a los parámetros del esposo, y en consecuencia, en lugar de ser sus parejas, son sus subordinadas.

Construir eso que llamo mujerabilidad pasa por desarrollar la conciencia de nuestra capacidad integral de ser; a partir de allí, entonces nos relacionamos a la par con ellos. Y solo si somos sus pares, es que podemos ser par-eja.

Estoy convencida de que una pareja no manipula, argumenta desde la adultez; no pide permiso, acuerda compromisos.

En una relación sana se dan conversaciones que nos permiten encontrar entre los dos lo que es bueno para cada uno y para ambos, pero eso implica que las mujeres crezcamos, seamos independientes y desarrollemos la capacidad de ser interdependientes.

Entonces, no es necesario tener permiso de mi marido, lo que ocurre es el sano acuerdo que construye una satisfactoria relación de Amor y confianza, fundamental para una familia funcional y armónica.



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