Hace un par de días tuve un encuentro con una amiga quien está atravesando uno de esos momentos difíciles en su relación de pareja. Me dediqué a escucharle pero, durante un momento de distracción con mi teléfono móvil para revisar un mensaje de texto que recién llegaba, me preguntó si de verdad la estaba escuchando. Y sí, la escuchaba, pero en ese momento había perdido la atención y conexión con sus emociones. Había perdido la empatía.
La palabra empatía es de origen griego. Se forma de la unión de dos vocablos que significan “en el interior de” y “sufrimiento, lo que se sufre”. Según el diccionario de la Real Academia Española, empatía es la identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro.
Dentro de la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner, podría corresponder a la inteligencia interpersonal. Esta es la capacidad cognitiva de procesar y percibir lo que otro individuo siente. Es la participación afectiva de un individuo en la realidad que afecta al otro.
Se ha demostrado, experimentalmente, que la empatía es mayor entre personas del mismo sexo, raza o edad. Podría tratarse de una capacidad intelectiva que es susceptible de desarrollo y aumento. Parece ser mayor en personas que no han tenido carencias afectivas ni emocionales en sus primeros años de vida, que han vivido en un ambiente de comprensión y aceptación.
Se trata de una habilidad esencial para una relación interpersonal efectiva. Cuando escuchamos al otro de manera verdadera, debemos comprenderlo y aceptarlo en la totalidad de su realidad. Como dice el dicho popular “es caminar un trecho en sus zapatos”.
Cuando escuchamos debemos hacerlo con los ojos, captar las emociones del interlocutor. Es respetar y reafirmar sus emociones. Debemos mostrar interés y hacerle entender que lo que dice nos importa. Es importante hacerlo sentir aceptado en su entendimiento de la realidad de tal manera que se sienta en confianza para expresar sus temas más íntimos y personales.
Ciertamente no es fácil escuchar atentamente todo el tiempo, pero debemos intentarlo. Y es que es difícil mantener nuestra atención más allá de quince o veinte minutos. Si somos buenos escuchas, podemos hacer preguntas de aclaración en el momento en que las cosas no están claras. Debemos mirarle a los ojos y afirmar la presentación de su problema. No es el momento de exponer nuestras experiencias personales a menos que sean requeridas por la persona que habla. Tampoco es el momento de hablar de nuestras emociones y circunstancias; debemos enfocarnos en el que habla y en sus emociones.
Si el que está hablando nos pide una opinión debemos hacerlo de una manera efectiva, que le permita a nuestro interlocutor explorar la esencia de sus problemas y emociones. Una buena respuesta empática incluye una reconstrucción correcta de lo que el que está hablando ha dicho, que lo ayude a entender mejor el contexto de su situación y no solo el contenido.
Como bien dijo Mark Twain “Si estuviésemos dispuestos a hablar más que a escuchar, tendríamos dos bocas y una oreja”.









