Ella se casó feliz con él, no llegaba a los 25 años de edad y se sentía privilegiada, pero un día él llegó a la casa de mal humor y sin argumentos terminó golpeándola de tal manera que casi la desfigura. Logró huir y más nunca quiso volver a verlo.
Esta no tiene opción, nació del otro lado del mundo y sabe que en cuanto llegue a la pubertad su clítoris será cercenado, a menos que huya de su familia, de su mundo.
A sus 8 años no logra comprender qué ocurre, pero al menos dos madrugadas a la semana, ese señor que todos aman y respetan en su casa, se mete en su cama, la toca, gime, se toca, la hace sentir algo extraño, le tapa la boca, se tapa la boca, respira profundo. ¡Es secreto! Ella no entiende, quiere decir no, tiene miedo; sabe que eso está muy mal.
En este preciso minuto cerca de 3 mil historias como estas se están repitiendo, y en el próximo, 3 mil más con sus bemoles, perpetúan la violencia hasta completar 1.440 millones de mujeres que contabilizaron los organismos internacionales para levantar la voz y mostrar lo que pasa cada día en nuestras familias, en nuestras parejas, a nuestras amigas o a nosotras mismas. Es decir, casi la mitad de la población femenina del mundo está en esta situación.
Sentimos indignación, impotencia, vergüenza. Hacemos silencio, tal como lo comentaba hace un tiempo, y así perpetuamos este inmenso dolor que sufrimos todos, porque no puedo creer que ningún hombre se sienta orgulloso de hacerle daño a las mujeres o niñas de su familia.
Pero más allá de las cifras y del asombro, nuestra mujerabilidad se dimensiona si hacemos algo concreto por ellos, si los invitamos a desmontar su rabia, a que lloren como casi nunca lo hacen y así comprendan de dónde nace tanto dolor, porque ellos también son víctimas de la agresión, y la violencia les hace tanto daño como a nosotras.
Creo firmemente en que los hombres pueden cambiar su percepción de nosotras, si en lugar de juzgarlos, buscamos en sus historias las razones que los llevaron hasta esta realidad y formamos parte activa de su proceso de sanación, que al final del camino es nuestro mismo proceso.
Solo así podremos cambiar esta realidad que tiene tanto tiempo como la humanidad misma. Solo desde la comprensión de lo co-responsables que somos todos y cada uno de la realidad que vivimos, podremos crear las bases para vivir desde el Amor concreto al que están llamadas nuestras almas.






