Un final con puntos suspensivos

Escucha la melodía que emana del corazón en su latir.

Como manantial de agua fresca, puede saciar al sediento.

Como néctar sublime, puede endulzar la amargura.

Como cálida brisa, puede albergar primaveras.

Como susurros de ángeles, puede revelar secretos.

En el gozo de la conciencia de sus pasos, la vida es una danza que impregna de belleza con sus melodías a los mustios y desdichados hombres.

En la dicha de la serena vibración del cosmos, que se expande en mi pecho, soy el propio anhelo del Uno, que es mi destino y mi camino también.

Es cierto que el cuerpo, arcilla y agua, anhela el regreso al polvo, que es su origen y destino, tanto como el alma ansía el regreso al Uno, Creador de los mil mundos, que es su origen y destino.

¡Deja ya de imprimir la desgracia en el rostro de la muerte! ¿No ves acaso que ambos, cuerpo y alma, son libertados de la prisión del mundo cuando emprenden el regreso a su digna morada?

¡Que cada lágrima derramada en el día mi partida sea una perla que corone el collar de tu corazón sufriente!

¡Que cada remembranza que te invada con la idea del que fui, sea una flor fragante que adorne de primaveras la angustia de tu aún latente humanidad!

En el día de mi muerte un nuevo nacimiento emergerá de aquel último suspiro, y me hundiré en los brazos tiernos de una nueva semilla, con el recuerdo que quien una vez ha sido reflejo de singular eternidad.



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