Una madre siempre sabe

Una madre siempre sabe lo que su hijo necesita. Una madre sí qué sabe qué es lo correcto para su hijo cuando permite que su instinto y su corazón actúen al margen de los mandatos de la puericultura autoritaria imperante, organizada principalmente para satisfacer la comodidad del adulto. Una madre sabría responder intuitivamente a los pedidos de su hijo o hija, de no encontrarse presa tras los condicionamientos de una pedagogía anacrónica presente a lo largo y ancho del planeta, que veta todo intento de ponerse en el lugar del niño, que censura todo esfuerzo por empatizar, comprender sus necesidades legítimas para satisfacerlas de un modo inmediato, altruista, desinteresado.

Tengo la convicción de  que ninguna madre con el “permiso” suficiente para mantenerse conectada con su instinto, podría sentirse tranquila si dejara a un hijo llorando en la cuna o pasando miedo en solitario dentro de su habitación, para que “no se malcríe” o “aprenda a tolerar frustraciones”, como pretende establecer la conseja popular. Tengo la convicción de que una madre conectada con su instinto sería capaz de sacar todo su poder para defender a su cría de tales opiniones predadoras.

Es inconmensurable el daño que, muchas veces con buenas intenciones, causan profesionales de salud,  familiares, opinólogos, sociedad, empujando constantemente a las mamás en dirección contraria a las pulsiones naturales de apegarse a sus crías y responder a sus pedidos de consuelo, presencia, nutrición afectiva. Puedo dar fe de ello. Casi a diario recibo inquietudes de nuevas mamás confundidas, divididas entre el llamado que su instinto reclama y las voces de familiares, de pediatras y opinólogos diciendo: “no cargues tanto a ese muchacho que lo vas a mal acostumbrar”; “déjalo que llore para que aprenda a quedarse sólo”; “para qué le das pecho si eso te cansa demasiado y no lo llena, complétale con tetero”; “no seas permisiva, dale una nalgada para que aprenda a  respetar los límites”…  Duele aún más ver cuando una madre pierde la batalla y entrega a sus hijos haciéndolos presas de un orden social patológico basado en creencias absurdas, cuestionables. Madres aturdidas por el abrumador parloteo que impide escuchar, valorar, respetar al sabio llamado del instinto.

Yo también tengo un sueño. Ojalá llegue el día en que el instinto materno sea resignificado y respetado por todos, hombres y mujeres, desde la conciencia que comporta este sagrado e invalorable regalo de la naturaleza para la creación de la vida y la preservación de nuestra especie en perfecta armonía con su entorno. Espero que ese día no esté muy lejos.

 



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