10 preguntas antes de abrir la boca

A veces hablamos más de la cuenta, no medimos el impacto que pueden tener nuestras palabras en los demás, sobre todo en nuestros seres queridos.

Generalmente, cuando alguien nos aprecia o admira, cualquier cosa que le digamos va a tener más peso o valor para ellos. A veces creemos que tenemos el derecho de opinar en la vida de los demás. ¿Lo tenemos? En líneas generales NO, no des tu opinión si no te la han solicitado, pues cada quien tiene la libertad para vivir su vida como quiera y decidir su propio destino, a través de las decisiones que toma.

Cuando damos opiniones o consejos no requeridos, estamos invadiendo la autonomía y esencia de la persona que lo recibe, y eso la puede molestar, de-agradar, y quizás alejar de nosotros. Casi siempre las cosas que opinamos están cargadas de una subjetividad inmensa, miramos esa situación con nuestros propios “anteojos”, según nuestro criterio, crianza, traumas, carencias, etc.; muchas veces proyectando nuestros deseos o frustraciones. Esto suena terrible y lo es, porque evidentemente lo hacemos con buenas intenciones y pensamos que estamos haciendo lo mejor o que es válido porque “es verdad”, “tenemos la razón”, ya pasamos por esa situación o porque somos mayores en edad o jerarquía. Esto pasa mucho con la familia y amigos cercanos, creemos que tenemos ese derecho por estar actuando desde la bondad de nuestros corazones.

¿Y entonces? ¿no se le puede decir nada a nadie? Hay ocasiones en donde la importancia o grado de relación, da cierto derecho a dar una opinión no solicitada a otra persona. Con frecuencia, es sólo cuestión de diferencia de opiniones, y hay que convivir, tolerar, negociar; pero a veces es un tema ético y la vida de otros se ve afectada. Muchas veces observamos a una amiga querida, un hijo, o un colega muy cercano, llevar a cabo una conducta que nos parece equivocada o un patrón nocivo; que le hace daño, o nos afecta a nosotros o al entorno. En algunos casos puede ser prudente hablar, sopesando pros y contras, y quizás nuestra opinión ayude o sea necesaria.

Lo fundamental es hablar desde el amor y libre de emociones negativas, en especial, libre de ira y resentimiento, no reclamar ni ofender al otro, simplemente exponer la situación, los hechos observados y los sentimientos propios, ya sea que la situación me afecte directamente a mí o no. Es crucial tener conversaciones sin el furor de la emoción, una vez la hayamos regulado. Incluso a veces, una vez calmados, vemos que no es tan grave o que nosotros también nos equivocamos y hasta somos corresponsables. La carga emocional tiene muchísimo peso en una interacción, influye en el “cómo” se dicen las cosas y determina la aceptación y disposición del otro a escuchar.

Ésto es mucho más fácil escribirlo en estas líneas que hacerlo, por supuesto. Te dejo 10 preguntas que puedes hacerte antes de expresar una opinión a otro.

1. ¿Te han pedido tu opinión?
2. ¿Has ofrecido tu opinión o has pedido permiso para darla?
3. ¿Qué te hace pensar que tienes la razón o la verdad?
4. ¿Cuál es tu carga emocional?
5. ¿Te has mirado a ti mismo antes?
6. ¿Es realmente valiosa para la vida del otro?
7. ¿Es necesaria para mi relación con esa persona y/o su relación con otros?
8. ¿Lo que vas a decir es sólo tu opinión? ¿La de un grupo? ¿Hay pruebas?
9. ¿Es realmente indispensable? ¿Mediste las consecuencias?
10. ¿Estás dispuesto a sacrificar la relación si le incomoda o molesta?



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