30 días, 720 horas e incontables cambios

Bien es sabido que durante los primeros meses podemos definir si algo va bien o si por el contrario, será una catástrofe.

Hace algunos años me invadió la necesidad de practicar yoga. Me habían diagnosticado fibromialgia y la mejor recomendación era trabajar en mi grado de estrés y concentración, por lo que el yoga parecía la opción más lógica.

Me apunté con mi madre en una clase. La clase empezaba a las 6.45am. Mucho yoga, mucha paz, námaste, y excesivo estrés al saber que debía levantarme de madrugada para trabajar en mi yo interior y mejorar mi condición. A la semana ya estaba más que claro que el yoga y yo no funcionaríamos, o al menos no en ese horario.

Así ocurre en muchos otros aspectos. Los primeros meses en un gimnasio ya nos dan un indicio de si perderemos la inversión y esos primeros meses con una nueva pareja nos dejan claro de si la cosa va para mejor o si simplemente quedará en affair o en “mejor me hago la loca y nunca menciono que eso sucedió”.

Todos los comienzos están claramente llenos de expectativas, motivación y sueños. Sólo depende de nosotros mismos el continuar con tan idónea situación e ir adaptando nuestras metas a las nuevas circunstancias.

Hace exactamente un mes llegué a Barcelona. Un viernes a las 6pm, con calor, nerviosa y con el sentimiento de que el mundo era muy amplio y yo sólo era una pequeña hormiga luchando por salir del caos del hormiguero. Mi primera impresión fue buena, pues el taxista fue amable, cargó mi equipaje y hasta me dio un pronóstico del tiempo para el resto del día. En el piso, la chica me esperó a pesar de que llegué con retraso, me hizo compañía y me dio consejos de la zona. Todos a mi alrededor eran más amables de lo que yo esperaba. No había excusas para sentirse incómodo.

El problema vino cuando me hallé sola, en un piso desconocido de una ciudad desconocida. Me cayó un sentimiento de ¿qué wea estoy haciendo aquí? y el pánico se volvió mi único punto de vista.

Hoy, exactamente un mes después, llamo a ese piso que en primera instancia me pareció una cárcel, hogar. Ya conozco la zona, se usar el transporte público y he logrado saludar con los dos respectivos besos a mis compañeros de clase.

¿Qué cambió? ¿ha sido esto el poder de adaptación o la capacidad para madurar?

3 semanas atrás habría dicho con la voz débil que mi sueño era regresar a casa, donde todo ya funcionaba de una forma estratégica. Hoy por hoy no miro el pasado, porque no me hacía completamente feliz y porque nada de él podría cambiar.

Hoy por hoy miro hacia el futuro y sonrío porque se que depende de mis decisiones hacerlo increíble y prometedor.

Námaste

Love, R.



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