Latidos

En mi inconsciente deambular por la Vida, voy ignorando el suave palpitar de mis latidos.

Más camino hacia la meta, más ignoro su llamado.

Más alimento mis deseos, más me alejo de su propósito.

Más me identifico con las mil cosas, más rehúso escuchar su cantar.

Y en la desolada y oscura noche eterna:

Más se engrandece mi ego, más enmudece el Alma.

Más se desdobla mi esencia, más se nubla la visión.

Más se perturba mi mente, más ensordece el espíritu.

Más se intoxica mi Ser, más se anula la percepción.

Más se revela mi Yo, más se esfuma la divinidad.

Más gritan mis reclamos, más se silencia la vida.

Más requieren mis demandas, más se esconden las respuestas.

Más me siento el centro del Universo, más me alejo de mi propio centro.

Es el latido del corazón el propio latido del Universo que, en consonancia rítmica, me une a la totalidad eternamente. Incluso antes de que mi corazón tomara su forma, un latido ya vibraba en mí. Un latido que dio origen a la esencia. Una esencia que diera forma al Ser. Un Ser que engendrara a un humano. Ser humano que más tarde ignorará sus propios latidos.

¿No es el latido acaso un fiel y constante recordatorio de que el Universo habita en mí, tanto como lo hago en él?

¿Cómo es posible que sea la razón quién aguijonee con sus cuestionamientos la sabiduría esencial que reconoce su origen en cada latido?

¡Oh, Conciencia sublime, que hamacas en tu regazo a este intrépido hombre carente de recuerdos y asesino de intenciones! ¿Será que aún no he nacido a la Vida, o más bien será que la muerte ya me ha besado en los labios?

 



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