A donde van los deseos

Rebuscando entre los anuncios clasificados de un diario local, me topé con un aviso que detallaba la existencia del “ático del mundo”. Según el firmante, un tal P. Wishes, aquí va a parar todo aquello que existió en nuestras mentes, pero que no logró su tránsito a esta realidad concreta. Un espacio para los deseos postergados y las promesas incumplidas. De ser cierta esta idea, allí irían a parar las palabras que se llevó el viento, los suspiros liberados en la intimidad y los sueños nunca realizados que acariciamos en noches de desvelo. Un lugar donde se apilan los sentimientos nobles y se acomodan en fila las buenas intenciones, que dicen, son las que cuentan.

Para Wishes, este ático sería el depósito de todo aquello que alguna vez quisimos. Aquí se amontonan las resoluciones para el año nuevo, las promesas hechas ante los altares, los juramentos tejidos en medio de la desesperación y las palabras de ánimo que soltamos cuando se nos resquebraja el alma. Quienes lo conocen, lo describen como un cuarto tan amplio que alberga documentos firmados con pompa diplomática o cartas arrebatadas donde solo cabe el amor eterno. Aquí todos los días llega un nuevo cargamento, y la verdad sea dicha, pocas veces se despacha, porque es cosa común desear y después olvidar lo deseado. Total, dice Wishes, cuando hace falta algo que sacuda el espíritu podemos desear de nuevo y sentirlo como la primera vez. Y así podemos pasar toda una vida.

aticoLa publicación del aviso no fue asunto de capricho, apunta su autor, pues la época de mayor actividad en ese lugar sucede precisamente durante los días que corren, cuando en el afán de cerrar un ciclo nos lanzamos a reinventar nuestras existencias y pensamos que el mes de enero es perfecto para ello. Pero enero ya se va despidiendo y puede ser que la emoción de las primeras semanas ya vaya cediendo espacio a la rutina habitual. Y luego,  quizás a mediados del próximo año, achacaremos a la vida, la suerte, el destino u otro chivo expiatorio, el hecho de que no pasara nada o sucediera algo distinto a lo previsto. Así son las cosas: no siempre se consigue lo que se desea.

Lo que más me sorprendió del espíritu práctico de Wishes (asunto peculiar en alguien capaz de creer en un espacio de esta naturaleza) es su recomendación final: “Si está dispuesto a proyectar su vida para este año, tome la mitad de todo lo que dejó de lado y complemente su lista con nuevos deseos. Y si al finalizar la tarea descubre que hay muchas cosas repetidas, entonces el asunto está claro: empeñe sus fuerzas en hacer realidad lo que guardó en el ático. En ese cuarto los deseos solo acumulan el polvo del tiempo, y llegado el momento, se pierden en el desorden del abandono”.

¿Cómo van esos propósitos y planes para el año que aún, aunque no lo creamos, comienza? El ático del mundo tiene espacio limitado, pero la vida tiene fecha de caducidad. Y casi todos coincidimos en que es muy corta.

 



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