A María Matilde

“Tengo la muerte aquí, sentada al lado mío”. Lo decía con serenidad, pero en la búsqueda intensa por una respuesta justa a aquella vivencia. “Decidí que si Dios me envió esta prueba, la tengo que vivir como debe ser, cuidándome, buscando un mayor crecimiento espiritual y ocupándome de lo verdaderamente importante”.

La última vez que la vi, la quimioterapia no se había llevado su belleza ni su candor ni aquella capacidad de reflexión profunda. Su enfermedad tenía el peor de los pronósticos, pero decidió hacer todo lo posible para vivir intensamente el resto de su estadía en la tierra.

Sus ojos no habían perdido el brillo, su mirada transmitía fe, pero me confesó que su mayor miedo era dejar solos a sus dos hijos adolescentes y su esposo. “El miedo no es a la muerte que, aunque me causa incertidumbre, al final estoy segura que vamos hacia Dios”.

Nuestra amistad era reciente, pero se construía sobre nuestras mujerabilidades, disfrutábamos el trabajo juntas y las buenas conversas. Fue una de esas mujeres que marcaban la vida de todos los que tuvimos la maravillosa oportunidad de compartir su capacidad de dar.

Cuando tres meses más tarde de nuestro último encuentro, supe que su cuerpo no había reaccionado bien al tratamiento experimental al que se había sometido y que se había ido al cielo, me encontré en el conflicto del dolor y el alivio.

El dolor porque el mundo había perdido a alguien que era capaz de construir y transmitir valores en las circunstancias más adversas, que inspiraba motivación y conciencia, que pasó por la vida haciendo el bien, aunque suene trillado. El dolor por no comprender ese misterio que hace que seres maravillosos se vayan tan pronto, por no aceptar el tiempo de Dios, que no es el nuestro; por intuir el gran vacío que siente su familia en su ausencia física.

El alivio porque terminó el sufrimiento, porque alguien como ella solo puede haber llegado directo al regazo del Señor. El alivio por ver las obras concretas que dejó a su paso por la vida, no solo en cada lugar que trabajó y construyó de cero, sino en cada alma que fue tocada por su carismática personalidad.

Sin pretensiones, su vida fue la constatación de la alegría, el esfuerzo, la pureza y el amor. Por eso es triste que se haya ido tan pronto, pero me impulsa a continuar buscando las formas de motivar con estas líneas a que vivamos desde el amor y la esperanza, con la certeza de la finitud de este plano y la infinidad de la eternidad.



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