Abriendo las puertas de acceso

Abriendo las puertas de acceso

Si crees que meditar se trata de poner la mente en blanco has comprado uno de los mitos más difundidos. Meditar no es cerrar los ojos y vaciar la mente, al menos en un sentido literal, sino de entrenarla para desactivar los patrones automáticos bajo los que opera y así llevar la conciencia a otro nivel. No es un asunto mágico o esotérico, al contrario, es una forma práctica de experimentar la realidad tal cual es, más allá de juicios y preferencias.

Una de las herramientas fundamentales al meditar es la concentración, es decir, la capacidad de fijar la atención en la respiración, las sensaciones corporales, una imagen, un mantra o cualquier otro recurso según indique la técnica escogida. A medida que la concentración aumenta, poco a poco la mente se desconecta del tren de los pensamientos para abrirse a una percepción más sutil y poderosa. Esto no sucede de forma inmediata, en realidad es un proceso paulatino que crece gracias a la repetición. Es así como con una práctica sostenida y la entrega a la experiencia se abre el corazón y se estabiliza la mente, pero no para dejarla en blanco, sino para liberar los viejos hábitos de pensamiento.

Vista así, la concentración funciona como una puerta a estados de conexión profundos y por ello suele llamarse concentración de acceso.  “Cuando logramos la concentración de acceso” escribe Jack Kornfield en su libro Camino con corazón “nuestra práctica espiritual se hace firme y enfocada durante un tiempo, sin perturbaciones a causa de obstáculos internos o las vicisitudes mundanas. En la concentración de acceso nos fundimos y prestamos mas atención a nuestra meditación, de forma tal que ocurre un poderoso cambio de consciencia y comienza a fluir en nuestra práctica una mayor claridad, relajación y concentración”.

Así como la única forma de escribir es escribiendo, no existe otra forma de meditar que no sea meditando, es decir, hay que sentarse y repetir la práctica con dedicación y entrega, de la misma forma que se requiere entrenamiento para correr un maratón o tocar el piano. Simplemente hay que hacer el trabajo, porque una cosa es entender de que trata el asunto y hablar durante horas al respecto, pero nadie cruza la meta de los cuarenta y dos kilómetros o ejecuta a Chopin con soltura a menos de que haya pasado meses entrenando. En esto la meditación se parece al running, pues en la medida que se enfoca la atención y aumentan los niveles de concentración ocurre un cambio de percepción fascinante: la experiencia de la acción, sea respirar o correr, se convierte en un vehículo de conexión con nosotros mismos y el entorno.

Con tantas distracciones alrededor puede ser difícil alcanzar esta concentración de acceso. Por eso es tan importante hacer espacios de silencio que realmente nos desconecten de la locura cotidiana. Puedes comenzar con cinco minutos para sentir los beneficios de la meditación, de la misma forma que tener como meta una carrera de cinco kilómetros es la mejor forma de comenzar a fortalecer el cuerpo; pero si el objetivo es profundizar en la experiencia hace falta dedicarle más a la práctica. Incrementar el tiempo, o mejor aún, participar en una actividad de fin de semana o quizás un retiro más prolongado ayudará a tocar y abrir esas puertas de acceso.

Lo que te espera al otro lado es otra dimensión. Pero no esas de ciencia ficción o esoterismo a la carta. Se trata de otra forma de entender y experimentar tu ser y la realidad. ¿Suena interesante? Entonces comienza por el principio: cierra los ojos y afina la concentración.



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