Aceptar la impermanencia

Constatar que todo es transitorio es una experiencia constante en todos los campos de la vida. Desde lo más obvio, el tránsito del día a la noche, el tren sin retorno de los días, la manera como se desarrollan los seres vivos, el paso hacia la madurez, el envejecimiento y la muerte. Muchas de las cosas que suceden son lentas y pareciera no afectarnos. Casi no nos damos cuenta. Pero hay sucesos que nos abofetean, pongo por ejemplo, como mi blog, que tiene unos siete años de creado, literaturayvida.blogsome.com, desapareció misteriosamente de la web. Me entristecí un poco, porque había publicado numerosos ensayos, crónicas, notas sobre libros, poemas y trabajos de otros escritores. Había llegado casi a las cien mil visitas, tal vez porque algunos de mis amigos recomendaban el blog en su página, por ejemplo. Letralia Tierra de Letras, Prometeo, Literanova, Ficción Breve y otras prestigiosas páginas en la web. ¿Qué sucedió? No he podido descifrarlo.

atardecer arbolPronto llegó a mí una comprensión clara de la aceptación de la impermanencia. Fue una prueba para ver si había entendido las enseñanzas del Buda y de Jesús de Nazaret. En ese instante, le di gracias a la vida por este prueba, muy pequeña comparada con las pérdidas que nos depara el transcurso de la existencia, seres queridos, amores, empleos que significan mucho, objetos valiosos… Tantas cosas…

Lo que se pierde hay que dejarlo atrás, porque todo es transitorio, quedarse aferrado a las lamentaciones solo conduce al sufrimiento inútil. Es liberador pensar que se abren nuevas etapas cuando perdemos algo, y que no somos el cuerpo, ni los pensamientos, ni nuestras pertenencias. Hay una realidad que «es» y permanece, más allá de todo lo sensible y percibible. Para los cristianos, es el alma, para los budistas, es la conciencia, el ilimitado y claro espacio de la mente.



Deja tus comentarios aquí: