Activa tu esperanza

Activa tu esperanza

Ilustración de José Alejandro Ovalles

Aunque hemos escuchado desde niños que es lo último que se pierde, la esperanza en ocasiones se va de paseo y no es tan sencillo encontrarla. Afortunadamente jamás se esfuma del todo, y mejor aún, casi todos tenemos un reservorio para echar mano en las situaciones más difíciles. De otra forma, vivir se nos haría una penuria cotidiana.

La esperanza nos ayuda a superar las adversidades y muchas leyendas así lo ilustran. ¿Recuerdas el mito de Pandora?. Cuando la curiosa princesa griega no pudo resistir la tentación y abrió la caja que los dioses le habían regalado, las grandes desgracias de este mundo escaparon y adentro sólo quedó la esperanza. Con ella, gracias a ella, podemos enfrentar los vientos y la corriente en contra.

Pero la esperanza no es algo que encontraremos en una caja de cereal o que baja del cielo. “La esperanza no es algo que le pasa a las personas, es algo que tienen las personas, y la tienen siempre en mayor o menor medida” dice la psicóloga venezolana Nancy María Romero. Esta distinción es importantísima, porque nos permite entender que la esperanza es mucho más que sentarse a esperar que las cosas mejoren: ella funciona al máximo cuando la ponemos en acción.

En su popular libro “La inteligencia emocional”, Daniel Goleman escribe sobre el psicólogo estadounidense C. R. Snyder, para quien la esperanza es algo más que el punto de vista alegre de que todo saldrá bien.  Mas bien “es creer que uno tiene la voluntad y también los medios para alcanzar sus objetivos, sean estos cuales fueran.”

¿Ves la diferencia? No es lo mismo desear algo, que usar tus habilidades para que ese algo suceda. No es lo mismo esperar que actuar. No es lo mismo una esperanza activa que una pasiva.

Como si fuera gasolina de alto octanaje, la esperanza tiene poder de ponernos en movimiento. La Dra. Romero piensa que la esperanza “funciona como una fuerza vital motivadora que energiza, orienta y dirige la conducta hacia la búsqueda de resultados deseados”. Su impulso nos permite superar los contratiempos y buscar salidas creativas en momentos difíciles. Y si además recibe un espaldarazo de su primo hermano, el optimismo, nos cambia la actitud y ganamos alas para superar la apatía o la depresión ante la adversidad. Juntos, esperanza y optimismo, son dinamita.

No olvidemos que la historia que nos contamos a nosotros mismos y los demás impacta directamente el color de la esperanza, o dicho de otra manera, la forma como percibimos nuestras capacidades para salir adelante. Porque si torpedeamos nuestra estima y a la par ahogamos nuestros ánimos, sin duda el único destino posible es el fondo de la desesperación. “Las convicciones de la gente con respecto a sus habilidades ejercen un profundo efecto sobre esas habilidades” advierte el psicólogo Albert Bandura.

O como diría un amigo ante una ronda de cerveza “si piensas todo el día que no puedes salir de esto, terminarás por creerlo”. Nada más peligroso que hacernos prisioneros de nuestras propias historias negativas, aunque pensemos que son “reales”, porque generalmente son una falsa percepción.

Es por ello que debemos alimentarnos la esperanza para que esta nos alimente a nosotros. Así se crea un círculo activo, que una vez en movimiento, abre muchas posibilidades. Podríamos decir que es una dinámica de automotivación capaz de potenciar lo mejor que llevamos por dentro

Y créeme que escribo esto convencido de que es así. Cada vez que la dichosa esperanza se me pierde entre tribulaciones y nimiedades termino con las baterías bajas y el alma espichada. Encontrar de nuevo su empuje no es siempre asunto fácil, pero te aseguro, que una forma de traerla de vuelta es simplemente dejar de esperar y comenzar a actuar. La esperanza, así como la vida, es mucho mejor cuando está en movimiento.



Deja tus comentarios aquí: