Afrontar el dolor y los problemas a través de cuentos

Afrontar el dolor y los problemas a través de cuentos

Pablo Ariel Montemurro Álvarez se había recibido de ingeniero industrial en nuestro país y fue a hacer una pasantía en el área de logística a Canon, en Francia. A su llegada, su supervisora le pidió que hiciera una tarea particular: que buscara la forma de que las personas que allí trabajaban pudieran recorrer menos metros y utilizar dosis de energía adecuada en ese espacio. De alguna forma, parecía que les “disminuiría el esfuerzo que realizaban” relata Pablo. Pero luego ella le pidió que “pasara los metros que había ganado a cantidad de hombres y dinero”. Él había establecido una relación profunda con esas personas que observaba, y una simpatía que había consolidado día a día. Por eso este pedido lo perturbó. Y luego efectivamente se dio cuenta que su informe había dejado sin trabajo a dos personas.

Así comenzó su crisis personal, la que lo llevó a dejar esa especialización en Francia y comenzar un nuevo camino tras la pasión que tenía escondida: la de contar cuentos.

Una vez en Argentina creó el proyecto Pigmalión, con el cual ganó un premio y le permitió viajar y seguir aprendiendo de sus experiencias. En sus palabras, contar un cuento es un camino directo al corazón de las personas y una experiencia transformadora. Por eso ahora se autodenomina “Ingeniero en Cuentos”.

El arte más antiguo de la Humanidad

Desde siempre las historias y los cuentos han sido herramientas valiosas para llegar al corazón del hombre. De alguna forma, la estructura cotidiana, sencilla y directa de una historia nos conmueve, nos humaniza, haciéndonos partícipes directo de la trama. De alguna forma estamos allí, justo allí con el protagonista.

Los grandes sabios y mesías han trasuntado regiones y culturas con su valija de historias, parábolas, leyendas y fábulas, intentando transmitir la potencia de sus ideas y creencias. Eduardo Galeano relata que escribía historias:

«porque mi tendencia al pecado me impidió ser santo,

porque en el fútbol siempre fui un patadura,

porque necesito creer que no es tanta la distancia entre el deseo y el mundo,

porque necesito creer que a veces puedo decir lo que quiero decir,

porque necesito creer que hay historias que merecen ser contagiadas,

porque escribiendo devuelvo a los demás lo que de ellos viene,

porque me duele el dolor ajeno,

porque me goza el ajeno placer,

porque me da alegría desenterrar tesoros escondidos,

porque necesito compartir broncas y melancolías, deslumbramientos, descubrimientos.»

Pablo lo entendió así y se transformó en ingeniero cuentacuentos.

Contar historias sana

Un camino directo para comenzar a sanar cuando la vida nos duele es escuchar narraciones que nos permitan identificarnos con quien atraviesa el sufrimiento y nos despierte recursos creativos para buscar un alivio.

En la psicoterapia con niños surgió por ejemplo, hace ya unas décadas, lo que llamamos la “terapia narrativa”, una forma de abordar los conflictos de los pequeños con un método que les resulta más ameno y por tanto más efectivo.

Según Freeman, “la terapia narrativa implica a toda la familia y especialmente a los niños, pues respeta su lenguaje singular, sus recursos para la resolución de problemas y su concepción del mundo. Cuando los adultos hablan con seriedad y centrándose en el análisis de los problemas es probable que los niños pierdan interés. La pregunta surge: ¿es posible jugar y conservar el sentido del humor mientras se abordan con eficacia situaciones angustiosas, alarmantes o peligrosas? ¿Cómo podemos invitar a los niños y a sus familias a aportar sus recursos imaginativos y creativos para llegar a comprender la complejidad sociocultural de los problemas? La terapia narrativa -una terapia realista, alentadora, pragmática y divertida- anima a los niños y a sus familias a utilizar recursos hasta ahora menospreciados para solucionar los problemas con que deben enfrentarse”.

Lo que Pablo hace es un tipo de terapia narrativa. Y coloca ungüentos que alivian allí donde más duele.

Una historia: la de la Humandad

Pablo, el ingeniero en cuentos, me comenta de una experiencia muy gratificante que tuvo con un grupo de chicos de un colegio de su patria chica, la ciudad de San Juan.

«La semana pasada me convocaron para contar cuentos en un curso de 4to grado que tuvieran como eje la epilepsia pero sin nombrarla (algo que en un primer momento no me pareció oportuno, ¿por qué no nombrar algo que es muy común?). Desde el colegio querían que los chicos pudieran hablar pero sin sentirse aludidos, ya que un compañero empezó con ataques y era conveniente que sus compañeros estuviesen preparados.

Me dieron el material que consideraban adecuado, empecé con una referencia de un cuento y el mismo no me convenció, así que lo modifiqué hasta hacerlo propio.

Me encontré con los chicos ese día y me propuse hacer mi mayor esfuerzo, sin saber si sería suficiente. Quería ayudarlos. Empecé con las palabras que liberan la imaginación, había una vez… Narré con todas las ganas y amor del mundo y al terminar, sucedió la magia, de manera totalmente natural: uno de los chicos levantó su mano bien alto.

‘A mí una vez me pasó como al árbol del cuento, convulsión creo que se llama. Mis papás me llevaron al médico cuando estuve mejor’, dijo.

Y otra niña levantó su mano… ‘A mi mamá una vez también le dio una convulsión y nosotros como los otros árboles del cuento la sostuvimos con nuestros brazos, que son como las ramas, para que no se golpeara’.

Y otro niño… ‘Yo vi a un vecino que en la calle le dio una convulsión y nosotros lo ayudamos poniéndolo de costado, no le dimos nada porque se recupera solo”. Las manos se comenzaron a elevar una tras otras y fueron contando sus vivencias hasta que en un momento, una mano tímida del fondo se levantó, era el chico que tenía epilepsia y contó por primera vez a sus compañeros que él sufre convulsiones y que un día lo llevaron al hospital.

Los demás chicos lo escucharon sin juzgarlo, tomándolo natural. Él se sintió parte, sintió la confianza en el grupo para poder contar aquello que quizás lo avergonzaba o atemorizaba.

A través de cada relato fueron encontrando puntos en común, estableciendo lazos invisibles, que fueron tomando fuerza hasta hacerse tangibles con la aceptación de la situación como parte de la vida. Todos sabían cómo actuar, tal como lo hicieron los personajes del cuento, tal como lo hicieron sus compañeros de curso.

A mí la situación me conmovió casi hasta las lágrimas, sinceramente nunca imaginé que iban a empezar a contar de esa manera todas sus experiencias, me sorprendió y fue realmente esperanzador. Busqué la manera de explicarlo y no encontraba una palabra que lo definiera, por lo tanto inventé una. Fue “HUMANDAD” (una combinación entre humanidad y hermandad) lo defino como la capacidad para sentir y establecer de manera espontánea una relación de afecto y solidaridad entre personas a través del relato.

No dejemos pasar la oportunidad de contar historias – recomienda Pablo a manera de cierre-. Frente a pocos o frente a muchos, en cualquier lugar y cualquier momento, las historias nos conectan, nos reparan, nos unen, nos muestran que la comunidad se construye a través de las experiencias de vida de sus miembros”.

Foto creado por jannoon028 – www.freepik.es



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