Agresividad infantil, por qué y cómo intervenir

Agresividad infantil, por qué y cómo intervenir

Recurrente en distintas formas y etapas evolutivas del niño, la agresividad infantil (pegar, morder, lanzar objetos, empujones, peleas entre pares o entre niños de distintas edades, rabietas infantiles, auto agresión…) es un tema que preocupa mucho a los adultos de referencia.

Lo primero que debemos observar es el entorno violento al que exponemos diariamente a nuestros niños con modelos de crianza o educativos represivos y directivos, la exposición a una sociedad que naturaliza la violencia, a las pantallas de las cuales diariamente reciben contenidos competitivos, sexistas, violentos, y sobre todo observar nuestro modelaje como adultos cuidadores, etc.

Antes de precipitarnos a actuar respondiendo a las creencias establecidas, es preciso siempre resignificar el escenario comprendiendo las causas y discriminando la diferencia entre agresividad funcional y destructividad o violencia. La agresividad funcional es una respuesta adaptativa cuya función consiste en preservar el espacio vital y la integridad. Así, cuando un compañerito le quita el juguete a otro niño pequeño en el preescolar, defenderse empujando o mordiendo es una respuesta de agresión funcional.

¿En qué momento una agresión se convierte en violencia? En la medida en que impedimos que expresen su rabia o disconformidad de formas inocuas, en la medida en que reprimimos sus emociones y limitamos la gestión oportuna y saludable de sus tensiones, surge la violencia que se observa cuando un niño sin una razón aparente o sin que medie un conflicto previo, agrede a otro o se autoagrade con intención de dañar no de defenderse o preservarse como sucede con la agresión funcional.

Más criterios que necesitamos comprender de cara a la intervención de una situación de agresión: la no culpabilización/estigmatización del «agresor» y la diferencia de edades entre los niños implicados.



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