¡Ah! ¿es qué la adaptación no viene con la mudanza?

Yo no podría decir que la experiencia migratoria fue pan comido para mí; bueno, en el sentido metafórico, porque en el literal sí que hubo pan, postres, hamburguesas, pizzas y capuchinos. Lo cierto es que al estar lejos de mi país, tuve que lidiar no solo con los kilos de más sino con las ganas de menos.

Se hizo clara la necesidad que tenía de realizar una actividad que me llenara de energías, que me motivara. Así que si el objetivo era alegrarme, la respuesta era sencilla: tenía que bailar. Nueva en una ciudad con poco más de 150 mil habitantes y un idioma en el que no podía ni pronunciar los nombres de las personas, realmente fui afortunada en encontrar una clase de hip hop a dos kilómetros de casa.

Recuerdo la emoción de la primera clase: me puse pantalones anchos y todo, solo me faltó subirme el ruedo para que me quedara una pantorrilla al aire. Menos mal que la idea de hacer algo más que lidiar con nuestra mudanza no me abandonó cuando entré al salón para conocer al resto de la clase: la mayor de mis compañeras no tendría más de 13 años. No sé cuál cara de sorpresa sería la mejor, la de ellas, la mía o la de la profesora.

Hice mi clase. No solo esa. Terminé el curso de seis semanas. Montamos una coreografía y recuerdo que había una parte que requería que, acostadas en parejas en el piso, una rodase sobre la otra: ¡La expresión de alivio de la niña cuando le dije que sería ella quien rodaría sobre mí! De los mejores momentos de mi vida. La coreografía la olvidé, pero aún conservo la música, y escucharla es igual a llenarme de ánimo y conectar con lo que para mí significa adaptarse a un nuevo país.

Entendí pues que la adaptación no es algo que llega con la mudanza; es algo que se instala con el tiempo y que, en más ocasiones de las que quisiéramos, hace que confrontemos nuestros valores y creencias. Quisiera compartir contigo cinco aprendizajes que han sido parte de mi viaje y que espero puedan servirte como reflexión en los momentos de cambio:

  1. Paciencia: la adaptación es un proceso; esto quiere decir que tiene altas y bajas y que toma tiempo. El cuánto no es lo relevante, cada uno tiene su ritmo y para algunos va más rápido que para otros. Esto a veces puede ser desmotivador pero la clave es mantener la perseverancia: cada paso cuenta, aún los más pequeños.
  2. Perder el temor a equivocarse: Una y otra vez. Tomar el autobús en el sentido contrario, usar mal el idioma, no saber cómo saludar, despedirse, vestirse, etc. Una perspectiva que puede ayudar es ver los errores como oportunidades de aprendizaje y evitar castigarse por ellos.
  3. Tener compasión de ti mismo: Va de la mano con el punto anterior. La adaptación es suficientemente agotadora como para, además, sumarle todas las voces internas de perfeccionismo, autocensura, autoexigencia, etc. Al juzgarnos negativamente, es más lo que perdemos que lo que ganamos.
  4. Aceptar y valorar lo que nos hace diferentes: A veces nuestro deseo de ser aceptados hace que actuemos como la gente quiere y no como realmente somos. Desde el momento en que entendamos de dónde venimos y el valor que aportamos a nuestra nueva comunidad, comenzaremos una verdadera conexión con nuestro entorno.
  5. Pedir y recibir ayuda: Decir claramente qué necesito, cómo y cuándo, y quizás más importante aun, estar abiertos a recibir esa ayuda.

Adaptarse es una invitación a reinventarte, a descubrir que tu lugar en el mundo está donde puedas ser una mejor expresión de ti mismo. Y para no dejar el cuento sin terminar, mi búsqueda del baile no quedo en las clases de hip hop con los mini pops; intenté con zumba y danza africana, hasta que llegué al llegadero: en una islita, a una hora de manejo, un sótano que montó una noruega para armar su jaleo entre palmas y bulerías… y yo, al fin: ¡olé!



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