Almas con ímpetu de vuelo… #IrseOQuedarse…

Definitivamente, creo que Venezuela se fue de nosotros, la Venezuela en la que nacimos, crecimos, pero que perdimos en algún giro escabroso del camino, esa Venezuela ya no existe, fue la primera en emigrar. Quizás por eso, cuando transito mi Universidad, las calles de la ciudad o en las ciudades del interior del país, me siento extranjera, como si hubiese pasado mi existencia en una burbuja que un día inesperadamente se rompió, quedando yo expuesta a una realidad desconocida y asfixiante, una atmósfera irrespirable.

950936_Bandada_de_aves_volandoMe pregunto constantemente, ¿qué hice, o qué no hice, para contribuir a que nuestra realidad migrase a esta pesadilla que vivimos ahora? Y digo pesadilla, y tal vez suene exagerado, porque soy economista y todos los economistas vemos cosas de la sociedad que muchos no entienden o simplemente no ven. Entonces, a veces podemos sonar intensos. Pero lo cierto es que dentro de todo este caos social, agradezco haber estudiado esta bella profesión, que me ha dado tantos elementos técnicos para comprender, imaginar y escribir, porque definitivamente la realidad de la economía nacional me ha demostrado que las leyes económicas son infalibles e indómitas.

Partiendo de todos esos razonamientos, creo que la decisión es clara, irse de un país que ya se fue de nosotros, es una opción a todas vistas racional. Si la vida de un individuo es frágil y tenemos el tiempo contado, se justifica que cualquier venezolano de buena voluntad, entre los que me cuento, busque bienestar, seguridad, tranquilidad e inspiración en otra parte. Acabo de leer que Caracas es la ciudad con más tasa de homicidios en el mundo, no es precisamente un dato que apoye demasiado la decisión de quedarse. Vivir aquí es un riesgo permanente, una decisión con un costo de oportunidad impagable.

Y me pregunto, ¿para qué quedarse?. Una respuesta probable sería, para luchar, para mejorar. Soy economista, profesora universitaria, puedo ayudar enseñando a los demás cosas útiles, contribuyendo con la formación de mejores individuos, eso justamente es lo que he hecho toda mi vida profesionalmente. Sin embargo, desde que me gradué de economista en la Universidad Central de Venezuela (UCV) y desde que dicto clases en la misma Universidad, sólo he visto emigrar a mis colegas, a mis amigos y a una proporción significativa de aquellos a los que eduqué para que mejoraran a este país.

A veces siento que no me he ido, porque no he conseguido la opción ideal. Tal vez no he buscado suficiente o he tenido miedo de alejarme de mi familia en medio de la incertidumbre. No creo que sea por estar en un área de confort, porque hace tiempo que Venezuela dejó de ser un país confortable. Tal vez, guardo, la secreta esperanza de vientos favorables o miedo a la acción.

¿Será posible ir a buscar en el extranjero a esa Venezuela que fue la primera en emigrar? ¿Será posible que desde afuera podamos hacer algo bueno por esta tierra que nos dio la vida, por nuestras familias?. Hasta ahora no le veo sentido quedarse, si no es con acción creativa, nuestros silencios cómplices y nuestra indiferencia cotidiana no contribuyen a la recuperación de la identidad nacional, ni con la verdadera idea de bienestar. Creo que la decisión es muy fácil, no tiene sentido quedarse si no tenemos un plan para mejorar desde aquí. Tiene todo el sentido irse, si queremos respirar otros aires, vivir tranquilos o si algunos sentimos, que ya hicimos todo lo que podíamos hacer.

Lo que si estoy segura es que el problema que tenemos no es político, es social- cultural, con un importante componente moral. Tal vez decidimos todos, un día cualquiera, irnos de Venezuela, aunque aún permanezcamos aquí. La pregunta es sí verdaderamente queremos que nuestra identidad regrese, si queremos estar aquí o nos da igual, porque si nos vamos, nadie en medio de tanta indiferencia se dará cuenta, no haremos falta, ya no nos escuchamos…



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