Alzando la mano y tocando el cielo

“A los ojos de Dios, todos somos perfectos y tenemos una capacidad ilimitada de expresarnos brillantemente”. Marianne Williamson

El destino

Creo que el misterio de la vida se puede llamar destino. Pero en realidad es algo difícil de explicar con palabras. Por un momento, creí entender la vida sin palabras. Solo fue un conocimiento fugaz.

En realidad, todo cambió para siempre cuando decidí ir hacia mi norte. Descubrir mi misión.

La sonrisa, la alegría, la felicidad, la duda se pueden sentir a miles de kilómetros de distancia.

Quería saber si alguien conoce mi destino… Ahora lo sé, nosotros mismos, cada instante lo podemos cambiar. Nuestro destino sagrado es ser libres y amorosos, sin sentir miedo.

Eso me lo han dicho muchas veces. Pero a mí me cuesta creer que tal cosa sea posible. Sin embargo, ahora veo lo oculto, lo que mis sombras me esconden por miedo. Empiezo a ver lo verdadero y lo que me impide volar.

Por eso, ahora confío en ver mis alas agitarse con perfecta sincronicidad, ya puedo sentir que estoy sana, jovial y liviana, aquí, allá y alrededor del mundo. ¡Somos amor!

Mi metamorfosis es inminente. Mi miedo, tristeza, mal humor, falta de autoestima, desconfianza en la vida… son síntomas temporales de mi crecimiento interno.

Dios me lo dice siempre: soy simplemente extraordinaria. En realidad, todos lo somos. Nadie es vulgar u odioso, somos espejos. Del mismo modo nadie es ni más ni menos que nadie. Todo absolutamente, desde una gota de agua a la inmensidad del planeta, es extraordinario y maravilloso. Tu misión en este mundo, al igual que la mía, es sagrada. Somos uno.

Sabiduría absoluta

Somos hijos de Dios. En lo profundo de mi ser, lo sé, lo sabemos. Pero encima de esa sabiduría se acumula mucho polvo, escombros y basura. Lo que hay que hacer es una limpieza a fondo.

Cada uno de nosotros tiene esa sabiduría que nos permite ver todo a la vez, el universo entero en todas sus dimensiones. Todo está relacionado y tiene que ver con cada detalle que percibimos.

  • Hacer lo que nos gusta.
  • Ver el amor manifestado en todo. Detrás de cada conflicto y de cada sensación de escasez. Detrás de cada persona —conocida o no— que se me cruza en el día. Sin juicios. Desde un indigente hasta un político, somos uno.
  • Ahora más que nunca se manifiesta el hecho de que el dinero ya no cambia las cosas como antes creíamos.

El silencio se traga el ruido de mis pensamientos y, por un instante, siento la música que late dentro de mí. Cierro los ojos, como suelo hacer cuando estoy inspirada, y me siento en un ambiente armónico, cercano.

Hice una limpieza mental, me vacié de lamentos, quejas, comparaciones y otros pensamientos inútiles y así descubrí que puedo vivir de esta manera la grandeza de cada instante en un presente eterno.

Entonces, la vida se me manifiesta como un concierto infinito, como la maravilla que aguarda a cada ser humano a la vuelta de la esquina, el único sentido de todo. Debemos ir cambiando la manera de interpretar todo lo que sucede. Nada es personal ¿Será eso la iluminación?

Me tumbé sobre la grama, bajo la copa de un árbol y miré extasiada los destellos en sus ramas.

Sentí la luz, sentí paz. Entonces pensé en mi hijo, padres, amigos, familia, parejas, novio, en la gente que allí estaba y en esos niños y niñas que tal vez nunca conoceré. Todos estaban conmigo, y la luz emanaba de todos.

Entonces vi un ser hermoso y radiante, quizás un ángel, que saltaba de rama en rama mientras cantaba “somos uno celébralo, siéntelo ¡somos uno!”.



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