Amistades nutritivas

Algunas veces hemos comentado lo importante que son las relaciones interpersonales para nuestra salud física, emocional y mental. Aunque revisemos mucha bibliografía, en esto de amar, ser amado, dar amistad o disfrutarla, la única experiencia válida es la propia. Ojalá todos, alguna vez en la vida, tengamos la oportunidad de amar incondicionalmente, sentirnos queridos de esa manera y ser capaces de profesar ese afecto por aquellos hermanos y hermanas que sin tener un vínculo de sangre con nosotros, nos hacen la vida mejor.

No hay fórmula secreta para cultivar la amistad. Puede empezar con una identificación. Nos sentimos bien al lado de alguien y si nos damos la oportunidad de profundizar podemos entablar una relación muy cercana con esa persona. Hay veces en las que iniciamos con el pie izquierdo, tropezamos con alguien y es posible que al principio no nos llevemos bien, pero si nos damos chance podemos descubrir tremendo aliado. Otras veces, creemos que alguien será nuestro amigo/a para toda la vida y al tiempo descubrimos que son más las cosas que nos separan, que las que nos unen.

Hay, sin embargo, comportamientos que nos pueden ayudar a conseguir amistades y cosecharlas. Y otras actitudes que nos alejan de esta hermandad.

En algunas ocasiones ocurre que alguien nos ofrece su amistad y a nosotros no nos interesa. Es posible que esto ocurra porque no sentimos “feeling” o identificación con esa persona.

En todo caso, lo que he aprendido en esta vida es que para cosechar una gran amistad hay que invertir tiempo, ser honestos, no juzgarnos, disfrutar de los buenos momentos y abrazarnos en los no tan buenos.

Recientemente regresé de unas vacaciones espirituales. Compartí, junto a otros estudiantes de kabbalah, algunas festividades. Llevó cuatro años asistiendo a estos encuentros que congregan a mas de tres mil personas de distintas partes del mundo y siempre es una experiencia incomparable. Aún así, este año fue muy especial. Lo que lo hizo tan único, en mi experiencia, fueron dos cosas: la primera es que ya varios de los que solemos ir, nos hemos hecho amigos en este camino espiritual, de forma que vivimos la emoción de prepararnos para el gran encuentro, nos alentamos ante los obstáculos y nos comprometimos a seguir. La segunda es que una amiga del alma asistió este año y fue la primera vez que participamos juntas en esta celebración. Resultó hermoso abrazarnos al final de cada jornada y ver cómo todos poníamos un granito de arena para empujarnos hacia la meta de lograr la mejor fiesta del alma.

Les digo que la sensación que se experimenta es indescriptible. Sientes que te llenas de una ternura incondicional y aunque los sujetos de este afecto son tus amigos, sabes que es una emoción que puedes experimentar por la humanidad. Y he allí lo trascendental.

Estas amistades que llamo nutritivas se olvidan del ego, de los celos, de esas pequeñas puyas que nos afectan. No son perfectas, pero nos ayudan con su comportamiento a ser mejores, nos invitan a apreciarnos más y a saber que somos merecedores de tanto afecto.

Ojalá todos en la vida puedan gozar de este tipo de relaciones. Si quieren hacerlo empiecen desde ya a sembrar en terreno fértil. Y cuando florezca la verdadera amistad ya verán lo dulce y especial que se puede sentir.

Funciona para mí

Una verdadera amistad supera roces y momentos de tensión a base de transparencia, tolerancia y comprensión.

No se puede forzar el afecto. Hay personas con las que nos identificamos más que con otras. Son conexiones que muchas veces ni siquiera sabemos cómo empiezan, pero cuando se fortalecen, te proporcionan un chorro de alegría incomparable

Muchas veces para llegar a una verdadera amistad hay que superar varias pruebas, entre ellas, la de la competencia, si se comparten campos profesionales parecidos, la distancia y quien sabe si la del enamorarse de la misma persona (Confieso que esto no me ha pasado, pero sí lo he visto en otras personas. Y han logrado superar cualquier diferencia).



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